Viernes 06.03.2009
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El 13 de diciembre de 2007 se firmaba en Lisboa el Tratado que lleva su nombre, después de que el presidente checo tuviese a bien firmar la ley de ratificación, votada por su Parlamento el pasado 6 de mayo. Parece que no hay fotografías del acto, pero personas de su séquito atestiguan que vestía terno negro con corbata a juego, en coherencia con lo que debía estar pensando y luego manifestó a los periodistas: "Hoy la República Checa deja de ser un Estado soberano". Ni más ni menos, y eso que la Unión Europea lleva años renqueante, reacia a convertirse en un auténtico actor mundial, presa de una mezcla de mediocridad y burocracia. Vamos, como para asustar.
Sin embargo, con el Tratado se pone fin a un paréntesis institucional abierto en 1992, durante el cual fueron frecuentes las luchas por el poder, balizadas por los Tratados de Ámsterdan y Niza y marcadas por disfunciones crecientes. Luego, el proyecto de Constitución, de la mano del inefable Giscard d'Estaing, se encontró con la frialdad ciudadana, que lo hizo fracasar en algunos países, a pesar de que estructuraba un poco mejor la Unión, elevando el rango del Parlamento y creando la Presidencia y el Ministerio de Asuntos Exteriores. En definitiva, estamos en presencia de un avance menos ambicioso de lo que sería, a nuestro juicio, deseable, pero que dota a la UE de una nueva "caja de herramientas", en la que destaca la toma de decisiones por mayoría, sin ir mucho más allá.
Es difícil de explicar cómo en este contexto Vaclav Klaus ha podido arengar a sus compatriotas, instándoles a seguir luchando contra la "nueva Unión Soviética". Una Unión tan peculiar, la europea, que entrega la cartera de Exteriores a un Estado de recalcitrante antieuropeísmo, aunque guarde más las formas que el tal Klaus. Y sin saber, por cierto, qué es lo que pretenderá hacer al respecto el señor Cameron si llega a ganar las elecciones en Gran Bretaña. Nos movemos, pues, en el campo del pragmatismo, tan querido a los líderes contemporáneos, que no hacen gran cosa para pasar del puro mercado. La breve y modesta ceremonia organizada en Lisboa por el Gobierno portugués, la presidencia sueca y la Comisión, y celebrada ayer por la noche, más que un símbolo de austeridad parece revelar el anodino comienzo de un camino sin ambición.

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