Viernes 06.03.2009
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Cuando la Constitución de 1978 cumple 30 años, muchos asuntos exigen ya su reforma tras la ruptura del consenso que la hizo posible. Tras ganar sus primeras elecciones, Zapatero, como si estuviese harto de 30 años de frentes estancos entre las dos Españas (a las que identifica con los dos grandes partidos), tendió una noche un puente de barcas, como el ejército republicano en 1938, y cruzó el Ebro con esperanza de una victoria definitiva. Tras avanzar por la orilla enemiga durante una legislatura naturalmente bronca, la realidad le paró los pies, como al general Rojo (un gran talento militar que no pretendía ya ganar otra cosa que tiempo). Comprendió entonces que tampoco él podía ganar la guerra y también él abandonó su propio frente catalán, donde parecía haber prometido a Maragall que el gesto soberanista de Companys al proclamar la república catalana en 1932 no había sido en vano y habría confederación española. La cuestión nacional se resolvió mal en 1978, pero no por no haber regionalizado la soberanía.
Su intención era buena: rescatar la España democrática, plural y republicana secuestrada desde 1978 por los vencedores. El problema es que no se correspondía con la realidad. Si bien es cierto que estar dirigiendo la transición dio un peso constitucional mayor a la derecha heredera de la legalidad franquista del que habría tenido si la izquierda o la derecha heredera de la legalidad republicana hubiesen protagonizado la ruptura democrática cuando se creyó posible (1943, 1946, 1978), la continuidad con el viejo régimen se reflejó poco en asuntos significativos en 1978, salvo la monarquía, que no fue objeto de referéndum como en Italia, entre otras cosas por encarnar la única legitimidad entonces aceptable para el Ejército.
Con una injusta Ley Electoral y escaso desarrollo de la sociedad civil, apenas articulado el país por dos partidos poco acreditados ante la opinión y que todo lo fagocitan, con una dudosa división de poderes y una crisis de identidad sólo comparable a la de un país tan reciente como Bélgica (1830), España podría no resultar viable a largo plazo. No creo que haya que preocuparse por ello. Si como dice el físico Hawking antes de 100 años será inevitable una conmoción en el planeta, es probable que para el vigésimo y definitivo plan Ibarretxe y el enésimo referéndum, catalán o de otra región, ya estemos todos calvos.

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