Viernes 06.03.2009
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Aunque esto hiera algunas sensibilidades, España está en guerra. Hace tiempo que sus tropas combaten en Afganistán contra una amalgama de radicalismos en los que sobresale Al Qaeda. Sus soldados ha muerto y han matado en escaramuzas y batallas que llegaron hasta aquí envueltas en los eufemismos de un Gobierno empeñado en ocultar lo evidente.
¿A qué se debe ese empeño? Pues a una coherencia con su acta de bautismo. Porque el zapaterismo llega como una reacción social contra un aznarismo belicoso, al que la propaganda logró asociar con los peores enemigos de la paz. El atentado de Atocha acabó de convencer a los indecisos de que las hazañas bélicas tenían consecuencias nefastas para el país. Aunque las sentencias judiciales no avalaran la hipótesis de una relación causa-efecto entre la implicación en Irak y las bombas de los trenes, el vínculo quedó asentado en la conciencia colectiva: aquello nos pasó por meternos en conflictos que no nos incumbían, llevados por el afán de se ser amigos del emperador yanki.
El pacifismo ganó las elecciones, para ser después adornado con hermosas teorías sobre la alianza de civilizaciones. Todos los mandatarios se abonan a este tipo de visión mirífica de las relaciones internacionales, sólo que la mayoría lo hacen tras haber dejado el cargo, ya instalados en el circo ambulante de conferencias y cónclaves en los que nada se decide.
Sin embargo, esa confortable posición se ve alterada por dos circunstancias separadas por el océano Atlántico. En la orilla americana, llega el ocaso de la era Bush y amanece Obama, para entusiasmo del Gobierno Zapatero. Pronto se comprueba que Obama no es uno de los suyos, sino que el zapaterismo no tiene más remedio que subirse al carro de un presidente que, en el fondo, sigue el consejo de Theodore Roosevelt.
Speak softly and carry a big stick, you will go far. Para llegar lejos, hay que hablar suavemente y llevar un buen garrote. En una traducción libre, eso significa que el actual mandatario americano, alaba los valores del Islam en su célebre conferencia de El Cairo, sin que eso le impida el envío de más de treinta mil efectivos a la guerra afgana. Zapatero aplaude la escalada americana, y se dispone a contribuir al esfuerzo contra Al Qaeda y los talibanes.
El otro cambio tiene lugar en la orilla africana, a dónde se desplaza poco a poco el interés del grupo de Bin Laden. El caldo de cultivo es similar al de otros puntos en los que prendió antes el yihadismo: estados renqueantes, gobiernos desacreditados, monarquías inestables, una masa de desamparados a merced de un mensaje estimulante que los movilice, y por ende la gran proximidad a nuestra Europa.
Para España, Al Qaeda ya no es un enemigo lejano y difuso al que se combate a miles de kilómetros de distancia bajo la apariencia de una acción humanitaria. Está en Mauritania o Mali, secuestra a cooperantes y se dispone a presentar unas demandas que, por desgracia, no serán tan asumibles como las de los piratas somalíes.
Si participar en la guerra de Irak nos expuso a represalias, o así lo vio al menos parte de la opinión pública, ir de la mano de Obama en la lucha contra el extremismo islámico, también nos sitúa entre los objetivos predilectos de los fanáticos. Estados Unidos les queda lejos, pero la costa española se ve perfectamente desde Tanger. El frente de este conflicto está aquí al lado. Requiere buenas palabras y big stick.

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