Lunes 08.03.2010
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Los masoretas fueron unos gramáticos hebreos que en los primeros siglos de nuestra era se dedicaron a reconstruir los caracteres exactos de la Biblia, razón por la que se quedaban en la mera literalidad. Don Miguel de Unamuno, en su exagerada genialidad, decía de ellos que se entretenían en contar los pelos del rabo de la Esfinge porque no se atrevían a mirarla a los ojos. O sea, que ya hace muchos años que en la historia triunfa lo anecdótico sobre lo fundamental. La manida frase de Eugenio d'Ors, elevar la anécdota a categoría, quedó en una idea irrealizable, porque las modas y las manías circulan por otro derrotero muy distinto.
Veamos dos ejemplos muy recientes: el primero es la pasada campaña electoral en Galicia. Los principales partidos nos martillearon el cerebro con los detalles más nimios con los que atacar a sus adversarios. Uno de los partidos en liza, prácticamente, en su crítica no salió del yate, el Audi y las sillas. Así no hace falta programa propio ni ataque al de los otros, basta con lo superficial. Las otras formaciones políticas, en la misma línea, se agarraron a un supuesto espionaje de otro partido, sin añadir más argumentos.
El segundo ejemplo lo encuentro en la cantidad de comentarios vertidos por la prensa de todos los países en torno a Obama. Nadie habla de su política económica ni de las medidas encaminadas a remediar esta crisis que nos agobia, pero corren ríos de tinta sobre las canas que le han salido desde que llegó a la Casa Blanca. En bella metáfora, escuchábamos en el tango clásico aquello de que las nieves del tiempo platearon mi sien. Lo que pasa es que ya no se escuchan tangos; por desgracia, creo yo. Las canas de Obama, blanco sobre negro, no tienen importancia alguna, pero los comentarios sobre ellas son un síntoma del periodismo de nuestros tiempos, que la mayor parte de las veces se queda en lo superfluo, porque lo fundamental se nos escapa.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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