Domingo 07.02.2010
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En algún sitio está escrito que la política, al igual que la navegación marítima, es una sucesión de instantes y momentos, requeridores de trato diferenciado. La maniobras, aunque se repitan, no son exactamente las mismas, porque en ambos casos los dos medios son movedizos, dinámicos, cambiantes y hasta cierto punto caprichosos e imprevisibles; están modificándose continuamente aunque no lo denoten, y obligan a quienes transitan por ellos a una readaptación constante, acompasada y cadenciosa, pues lo contrario será un naufragio inevitable.
El pasado mes de diciembre, el PP eligió a la ministra de Fomento como punto de inflexión para, a través de los medios de comunicación y de cara a la opinión pública, darle un descanso a los muy friccionados grandes ejes de coordenadas de su estrategia de ataque al Gobierno Zapatero durante toda la legislatura: ETA, incluida una supuesta incumbencia en los atentados del 11-M, y la reforma del Estatuto catalán, como pareja de ácidos disolventes de España.
Una serie concatenada de desafortunados accidentes e incidentes en las obras de la red ferroviaria a su paso por el área metropolitana de Barcelona, y la consiguiente reacción de las fuerzas catalanas contra Magdalena Álvarez, reprobada en el Parlament, aportaron al laboratorio de ideas del PP un campo trillado sobre el que ahondar en el acoso a una denostada figura, como propiciatorio talón de Aquiles en el que clavar las flechas dirigidas a la Moncloa. Extendiendo el arco de tiro a zonas de la periferia.
El hecho es que tanto en el Senado como, a continuación, en el Parlamento gallego, las mociones de reprobación contra la ministra mostraron al desnudo la soledad del PP, y los elevados riesgos que, en tales circunstancias, entraña manejar una realidad política que se sustenta en la negociación y el pacto. Con la coda de que, pocos días después, la señora Álvarez burlaba el asedio con dos viajes inaugurales en AVE a Valladolid y Málaga, y le queda uno pendiente a Barcelona.
Cualquiera que tenga unas mínimas nociones de comunicación, sabe que, de toda esa escenografía política, lo que prevalecerá en la retina del ciudadano es ese tren que, veloz, surcará el territorio. A partir de ahí, quizá ocurra que el trabajo de la ministra Álvarez reciba un mejor reconocimiento.
Tomando como referencia esa premisa, y dado que el AVE ha sido utilizado por los populares gallegos de forma absolutamente negativa, mediante la fórmula de poner en entredicho de manera sistemática el calendario de realizaciones fijado por el Ministerio de Fomento, los socialistas gallegos le han dado la vuelta al mensaje de los supuestos incumplimientos, para convertirlo en la primera divisa de su campaña en la elecciones generales del 9 de marzo de 2008: Galicia viajará en AVE en el 2012. Esa es la apuesta.
El objetivo está claramente identificado y el compromiso de ejecución del proyecto es exigente, más aún desde la perspectiva de las fechas barajadas por la oposición. Se trata de un mensaje en positivo, reivindicado con anterioridad por el presidente Touriño, y asumido por la ministra de Fomento en su reciente visita a la comunidad gallega.
Es decir, lo que los populares han explotado como una debilidad de quienes gobiernan, los socialistas lo han convertido en una de sus fortalezas de la campaña electoral.

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