Viernes 06.03.2009
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En algún lugar, seguramente en algún lugar de América, Jerome David Salinger acaba de cumplir 90 años. Cumplir años el 1 de enero le da cierto predicamento, cierta radicalidad, muy propia de él, desde luego, y hasta una habitación propia en los telediarios. Ya ven: un escritor saliendo en la tele. Pero Salinger sale porque no quiere salir. Por su opacidad. Por su inexistencia, aún existiendo. Por su negativa a saltar en brazos de la realidad. Todo eso es comprensible. Un día se hizo famoso por un libro, lo cual, en aquel tiempo, era más fácil que ahora. Vieron en él a un ser que anunciaba un mundo atroz, desde la mirada de un joven brillante, pero hastiado. Quizás ese hastío llevó a Salinger a convertirse en el hombre invisible. No esquivo, como han dicho algunos, sino invisible.
En la edad de las imágenes, ser invisible es toda una muestra de repulsa. Una radical negación de la existencia contemporánea. Un grito. Como Munch, Salinger grita en silencio. Lo cual no ha evitado que él mismo se convierta en mito. En icono. Salinger despierta el morbo de las cámaras precisamente porque no logran atraparle. Como Pynchon, otro inexistente desde este lado de la realidad. O como el huidizo y algo fantasmal Cormac McCarthy. La fama es tan implacable que también puede alimentarse de la inexistencia. Por eso Salinger se enfrentó con furia a un fotógrafo que le encontró a la salida de un supermercado. No se ha dicho mucho más sobre aquella foto, salvo los comentarios esperables. Una foto un tanto doméstica y trivial, si no fuera por el gesto terrible del escritor, al verse súbitamente descubierto. No era aquel, desde luego, un acto literario. Pero habrá saciado a los que querían saber si aún existía. Hay otra lectura de Salinger, alimentada por algunos libros (como la biografía escrita por su hija): según esa lectura, no sería propiamente un mito, ni una leyenda, sino un hombre deshabitado, enganchado, ya ven, a la televisión basura. Habrá visto, supongo, que en la pantalla hablaban de su cumpleaños. Quizás lo haya celebrado con uvas: las uvas de la ira.

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