Domingo 07.02.2010
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El PSOE y el Gobierno han decidido que para distraer la atención sobre lo que de verdad preocupa a los españoles, la situación decreciente de su bolsillo, es necesario insistir en lo que consideran intromisión de la Iglesia en el debate político, y llevan una semana insistiendo en si los cardenales dijeron o no dijeron, si el Papa da la razón o no la da, y si el PP apoya a no los mensajes de lo que el PSOE y el Gobierno considera el ala más conservadora de la Iglesia.
Sobre todo esto último, al PSOE y al Gobierno les interesa mucho hacer un paralelismo entre esa ala conservadora y el PP, aunque han pinchado en hueso: Rajoy dio instrucciones a su partido antes de navidades de que como partido el PP no iba a estar en la manifestación organizada por Rouco y, después, tanto él como Acebes y Pío García Escudero -responsable de la campaña electoral- han impartido órdenes muy estrictas: el PP no tiene por qué entrar en la polémica entre el Gobierno y los organizadores de la manifestación. No es cosa del partido, nada hay que decir. Y por muchos intentos de provocación que se den por parte de Ferraz y de Moncloa, el PP no va a entrar al trapo.
La vicepresidenta pidió comparecer voluntariamente en el Congreso -a cuatro días de que se disuelvan las Cortes- para informar sobre las relaciones Iglesia-Estado. En principio habría que elogiar la reacción de la vicepresidenta, si no fuera porque el tufillo electoral de esa decisión era evidente. Fernández de la Vega tiene el mérito de haber apaciguado los ánimos en aguas turbulentas entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno, ha hecho gala de una capacidad diplomática importante, pero en su intervención en el Congreso se ha notado que primaban mucho los intereses electorales. Sobre todo por su insistencia en asegurar que el Gobierno ha respetado y respeta a la Iglesia, lo que evidentemente tuvo una inmediata respuesta en el Partido Popular, que recordó distintos momentos de la legislatura en la que el rifirrafe entre el Gobierno y la Iglesia acapararon, por su virulencia, los titulares, sobre todo cuando desde el Ejecutivo se dio a entender que se podía cambiar el modelo de financiación si persistían en su actitud o cuando la propia vicepresidenta se refirió a las posiciones "tenebrosas e inmovilistas" de la Iglesia, un recuerdo que hizo María Salom en su respuesta a De la Vega, a la que -se notó de lejos- no gustó esa referencia.
Tengamos la fiesta en paz. Nadie duda a estas alturas de que la Iglesia está más cerca del Partido Popular que del PSOE, por razones obvias, incluso hay obispos que más o menos veladamente han tratado de mediatizar el voto de sus fieles. No sólo ahora, eso sucede desde el principio de los tiempos. Pero que la campaña electoral se centre en una manifestación convocada por el Arzobispado de Madrid, y que diez días más tarde se siga dando vueltas a lo que dijeron dos cardenales no tiene sentido. Quienes se baten el cobre por el Gobierno son Zapatero y Rajoy, no Rouco, ni García Gasco.
A ver si se recupera la cordura y se lleva el debate político a donde se debe llevar.

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