Viernes 06.03.2009
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La batallita sobre el cobro de dietas por miembros del Parlamento gallego empeora la imagen de los políticos y de la política misma. Todavía más.
Sus señorías por miedo a la opinión pública se asignan un sueldo base escaso y lo redondean con dietas varias por ir al taller. Hay algo ofensivo en este esquema retributivo: la segunda fuente de ingresos no cuenta para hacer la declaración de la renta. Con esta argucia se otorgan el privilegio inaudito de decidir qué parte de sus rentas queda exenta de impuestos. Y fomentan la picaresca cutre.
Nada bueno cabe esperar de la dedicación de cargos electos y ejecutivos mal pagados: el que ha de arreglar los asuntos ajenos debe tener los suyos resueltos. Ésta es la causa de que profesionales con buena formación y experiencia no quieran saber nada de entrar en política, vacío que ocupan elementos cuyo único mérito es no tener ninguno salvo la voluntad de obedecer al mando. Una sociedad bien organizada preferiría que sus mejores ciudadanos trabajaran para todos. No molesta que un diputado ahorre la dieta viajando en el coche de un amigo, pero sí que se permitan prácticas poco edificantes como usar vehículos oficiales destinados a otros servicios. Honorable hay que serlo y parecerlo. La alta función social que desempeñan los políticos no exige voto de pobreza, sino recompensa adecuada. La vocación no es suficiente disculpa.

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