Viernes 06.03.2009
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Tlaquepaque es una ciudad antigua, llena de casas coloniales, de mansiones ocupadas por enormes patios interiores en los que circula el aire durante las tardes cálidas y tropicales que culminan los más de los días de estas tierras. Estamos en diciembre y el atardecer es fresco en ellos, en los soportales de esos patios, abanicado que es el aire que por ellos se traslada por las amplias hojas que la brisa mece mientras el viajero se pregunta por los nombres de los árboles en los que se sostiene. Obtiene siempre respuestas incompletas. Aquí un framboyán, allí un sicómoro, más cercano una jacarandá e hibiscos que lucen flores de colores luminosos como los que Orozco copió para incendiar sus murales. Ignora el viajero el nombre de las hojas reposadas y solemnes, no las de bananeras, pero sí las de otras plantas que enseñan unos verdes tan desnudos como las sonrisas de las ranas.
Tlaquepaque, al menos el centro de la ciudad antigua y vieja, es llano y paseable, ocupado de iglesias e imágenes piadosas, figuras de próceres y poetas, un palco de la música y enormes y largos soportales que, a última hora de la tarde, se llenan con la música de marimbas y de mariachis que la gente escucha desde lejos mientras las señoras revuelven las ofertas de los vendedores ambulantes y los señores hablan sereno y reposado. La vida debe ser plácida para no poca de la gente de Tlaquepaque.
Caminé por la ciudad a hora tan tranquila como la que les señalo, retorciéndome de dolor gracias a unos cólicos que se dirían de caballo. No les contaré a ustedes los pormenores del asunto, pero déjenme que les advierta de lo peligroso que puede resultar comer tan sólo una ensalada de lechuga, de esas que llaman César y a que muchos se les antojarán augustas, pero que a este humilde servidor de ustedes, concretadas en la que me había comido a la hora meridiana -como único manjar, conste-, se me atravesó en las tripas impidiendo circular por mis interiores, en la debida y acostumbrada forma, todo el aire que, sereno y revestido de hermosura y luz no usadas, del que les acabo de hablar en los dos parrafitos anteriores, circulaba libre y prófugo de sí mismo. Una tortura. No coman lechuga aunque les digan que adelgaza, puede convertirles sus vientres en los de un Buda escasamente sonriente y muy lejano a cualquier nirvana. Les cuento esto que antecede, para que entiendan la hermosura de una ciudad contemplada desde perspectiva tan infame como la que a mí me fue dada. Pese a ella, a la dolorosa y ventral observación tan precariamente descrita, no me perdí un detalle de la belleza del lugar, que, créanme, si les toca una primitiva o cualquier otra lotería, como a mí, deben venir a ver. Aun a riesgo de tener que comer sólo lechuga.

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