Viernes 06.03.2009
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Mañana de hotel. ¿En cuántos habré dormido a lo largo de mi vida? ¿De cuántas de sus habitaciones me habré servido para entregarme al ejercicio de la recordación con independencia de que, una vez finalizada esta, les trasladase o no a ustedes lo pensado a través de estas crónicas de lo que no pasa y no suele venir reflejado en los periódicos? No lo sé; muchas, en todo caso. Hoy también.
Hace un rato recordé el acto de clausura del congreso sobre Ramón Piñeiro convocado por la RAG, auspiciado por la Consellería de Cultura y alojado por el CCG, por el Consello da Cultura Galega. Se celebró hace unas semanas en Santiago de Compostela. No recordé las intervenciones, que va, para qué, sino la asistencia al acto. Ahora les cuento.
Nada más llegar, en el amplio espacio inferior, según se sale del ascensor y, tomando a la izquierda, se entra en el recinto de tan alta institución, la tercera del país dado su carácter estatutario (las otras dos son la presidencia del gobierno y del parlamento gallegos), se podía observar la totalidad de la concurrencia a la sesión de clausura Y también hacer el cómputo de las ausencias. ¿Cuál aquella? Había gente que ya estaba en estas cosas hace cincuenta años, lo digo porque la vi entonces. Otra había que también estaba en estas, pero hace solo cuarenta años. Y de ahí para abajo ya no había nadie. Bueno, sí, la señora de un ponente, muy saludadora ella. No había jóvenes. ¿Qué pasará en ocasión semejante dentro, tan solo, de diez años? ¿A quién le interesarán estos extremos? Es de temer que a nadie.
El más joven en el espacio inferior del que se hablaba era del año 76, del 75 acaso, cuando conoció a Piñeiro y ya era un poco tarde como para poder alardear ahora de nada. Entonces ya todo empezaba a ser fácil y democrático y él ya era talludito cuando lo invitó a conferenciar en Lugo, gran hazaña y enorme compromiso. El resto éramos viejos combatientes de la cosa. Una tragedia. No hay recambios, no había jóvenes. Pero que nadie le eche la culpa a nadie de que la situación sea la que se describe. Que nadie le eche la culpa a nadie que no sea a nosotros mismos.
Triste sino este de no poder descargar culpas de casi nada de lo que nos pasa y tanto nos preocupa. Sea esto el pleno de ausencias en el acto que se cita, sea la situación del idioma, sea lo que sea que dependa de nosotros y se muestre consecuencia de lo inútil de no pocos esfuerzos que, curiosamente, se fueron viniendo abajo con la abundancia democrática; cuando antes, en dictadura, tanto y también habían florecido. Así que cada quien saque sus propias consecuencias, obtenga sus propias consideraciones y se pregunte en qué fallamos y por qué. A ver qué pasa.

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