Viernes 06.03.2009
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Me hubiera gustado más que arreciara el frío de Gamoneda y la nieve de Llamazares, y no la lluvia, pero así es la naturaleza en esta esquina. Los vientos bramaban ahí fuera, como animales en celo. Las olas ascendían verticales como dragones azules. Y en la quietud del salón, el tenis. No he ido de puente, temeroso de toda esta naturaleza desatada. Supongo que no debería ver tanto a los hombres y mujeres de la meteorología, pero creo que es una sana costumbre. Han mejorado con el tiempo, valga el juego de palabras: tienen sus secciones propias, casi pequeños shows (algunos tienen vocación de presentadores de late night). Y nosotros, siempre buscando el sol entre las isobaras.
El puente de diciembre es una tradición. Pero como viene envuelto en estas oscuridades, en estas lluvias de goterones gruesos, que parecen una tortura, yo me voy negando a la carretera, a pesar de que, como dice una marca, me gusta conducir. Desde la quietud del salón, a salvo de los vientos que bramaban contras los cuatro muros de la casa, deseosos de llevarme en volandas a los mismos infiernos, comprobé que no son pocos los que se aventuran en busca de una pausa. Nos pasamos la vida buscando pausas. Tal es la velocidad, tal el ímpetu, tal la competencia. Salir a la intemperie, abrazado por la súbita locura de Eolo, me parecía excesivo. Por mucho que, aún hoy domingo, el final del puente casi no se vea en el horizonte. Como los ingleses me dije: mi casa es mi castillo. Me conformé con la paz cálida del tenis, donde no había galerna ni huracán, sino el sonido rítmico de los golpes, que suenan como suena el corazón. Ni siquiera hizo falta apelar a la épica. Bastó con jugar con serenidad para ganar otra Copa Davis.

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