Domingo 07.02.2010
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Entre Touriño y Quintana, hay que quedarse con Diocleciano, el romano al que debemos nuestro nombre y al quizá acabemos debiéndole la solución para esta última batalla del topónimo. ¿Galicia o Galiza? Volvamos a la primitiva Gallaecia y pongámosle punto final a esta crisis de identidad que la conselleira de Cultura llevó equivocadamente a la Real Academia.
No era ése el sitio adecuado para hacer un diagnóstico, sino la consulta de un psicoanalista de naciones. Algo nos pasa para que, siendo como somos uno de los países más homogéneos y bien llevados, nos enzarcemos en debates simbólicos que casi siempre tienen por motivo una letra, una letra convertida en símbolo sacro.
Cuando no es la L es la Z. No hay Rhs que nos distingan, aquí no existen comunidades católicas y protestantes que se odien desde el principio de los tiempos, ni son nuestras fronteras ideológicas lo suficientemente altas para evitar que la gente las atraviese sin ningún visado. Pero, por lo visto, nos aburre tanta tranquilidad y recurrimos al alfabeto para guerrear, como hicieron salvando las distancias, serbios y croatas.
Así que, cuando parecía olvidada la pugna en torno a la L coruñesa, exiliada con Paco en una hermosa embajada vaticana, la Z hace sonar los tambores. Se conmueve el Gobierno, se alza la Mesa y ya se han visto zetas camufladas merodeando el caserón de la Academia Gallega. A este paso, cada institución, organismo y particular tendrá que decidirse. Una de las dos Galicias/Galizas ha de helarles el corazón.
Tanto la torpe consulta de doña Ánxela como la inoportuna respuesta académica parten de un grave error: confundir cuestiones lingüísticas y políticas. Es la confusión que nos acompaña desde hace tiempo cuando de lenguas, normativas y topónimos se trata. Es la confusión de la que se benefician grupos como la Mesa, y que tanto hace para que el gallego normal deserte de estos líos y se dedique a sus asuntos.
Los galaico-romanos de los tiempos de Diocleciano vivirían peor que nosotros y a lo mejor añoraban un Estatuto de Autonomía que Roma no les daba. Quizá tenían que soportar a una cónsula de Fomento como Magdalena que iba demorando las calzadas. Quién sabe. Pero tenían la suerte de saber cómo se llamaba su provincia. Gracias a esa unidad de criterio, la Galicia con o sin Z se abre paso por la historia y llega finalmente hasta nuestros días.
En este recrudecimiento de las guerras alfabéticas hay varios culpables, pero la principal es esa parte del nacionalismo que decide trasladar una consulta a la Academia, que rechaza después el dictamen, y que ahora inicia una cruzada contra la institución encargada de velar por la lengua, donde tienen asiento, dicho sea de paso, figuras destacadas de ese nacionalismo.
¿Por qué pedir consejo sobre algo a sabiendas de que, si el consejo no gusta, se va a tirar a la papelera? ¿Por qué la RAG es un nido de españolistas ahora, y no lo era cuando se pidió su opinión? ¿No era mejor haber mantenido Galiza como un símbolo oficioso, residente en la semi-legalidad, que se aceptaba sin mayores polémicas?
Mal negocio ha hecho el BNG pidiendo el ADN de su topónimo a los facultativos. Si acepta el diagnóstico, ha de renunciar a un símbolo querido, pero si lo rechaza puede verse arrastrado a una polémica con la Academia que muchos no entenderían. Resuelto el conflicto de la L, aparece el de la Z y con él Diocleciano despunta como posible solución. Viva Gallaecia Ceibe.

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