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ABEL VEIGA

Muerte en Mazar-i-Sharif

14.09.2017 
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DURANTE los años más duros de la guerra en Afganistán, guerra inconclusa y que ha devuelto al país a sus peores pesadillas, nos acostumbramos a las bombas, los atentados, los asesinatos indiscriminados. Tras los atentados de Nueva York, de los que se cumplen ahora 16 años, arrancó aquella guerra bajo el shock emocional de aquellos atentados y ante la sospecha de que los talibanes ofrecían su protección cuando no militaban en Al Qaeda. Hoy, la situación sigue siendo dramática y es un país abandonado a su propia suerte.

Mazar-i-Sharif fue uno de los nombres que nos tocó aprender y que quedó en esa retina entre nieblas y nebulosas. España pagó un alto precio con más de un centenar de militares, cooperantes y periodistas muertos. Entre ellos el Cougar, el Yakolev, la embajada y un largo etcétera.

Ahora cobra su triste protagonismo el asesinato, un día 11 de septiembre de Lorena Enebral, una cooperante que llevaba año y medio en el país, sanitaria, fisioterapeuta que dejó su vida en un país haciendo lo que sabía, disfrutando con lo que hacía y a quién le arrebataron la vida sin un porqué, sin una explicación, sin un argumento. Solo el odio, la vesania, el terror, la radicalidad. Como toda muerte, es devastadora, y ésta, si cabe, aún más. Personas que ofrecen su saber hacer, su espíritu de servicio, su entrega abnegada a los más pobres, a los más desposeídos, abandonados, que luchan frente a las desigualdades, las injusticias. Quiénes la mataron, acudían regularmente al centro sanitario. Quedaban ingresados y recibían tratamiento. Uno de ellos llevaba por sus minusvalías recibiéndolos desde los tres años de edad.

Con el transcurrir de la vida el ser humano toma conciencia cada vez más clara de lo que es la muerte, de sus crueles zarpazos y caprichos. Esta muerte duele, punza, oprime el corazón por lo que significaba la labor y entrega de Lorena Enebral. Injustamente le arrebataron el don más preciado, el vivir, el hacer el bien a otros del modo más desinteresado. Así son cientos y cientos de cooperantes que trabajan y viven una vida y una profesión plenamente vocacional y de entrega absoluta. No me atrevería a decir renuncia, porque todo lo que se queda atrás es superfluo, máxime si se tiene en cuenta lo que allí se ve, se siente, se vive y se sufre.

Su muerte, por ello mismo, es sumamente cruel, injusta, desgarradora. Su vitalidad, su ilusión, su entrega, su sonrisa enérgica, su profesionalidad ha sido cercenada por la violencia, por la locura, por el odio. Aunque todo está bajo investigación no es descartable que tras de todo este episodio tristísimo sean esas las razones que muñen talibanes y señores de la guerra y del opio frente a todo occidental.

Lorena, cooperante de Cruz Roja, es la última de una larga cadena de cooperantes que son perseguidos, secuestrados y que pagan un altísimo precio, su vida, por hacer aquello a lo que se sienten llamados y les realiza, pero también nos realiza a los demás.

Nuestro recuerdo, nuestra admiración. Por su dignidad, por su enorme ejemplaridad y su generosidad hasta la misma vida.

Profesor universitario