Martes 17.06.2008
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Hay que reconocer que la inmersión fue un contrabando sutil. Llegaba procedente de Cataluña, y los importadores se dieron cuenta de que había que escamotearla para no provocar soponcios en la sociedad. En el fondo sabían que, planteada sin tapujos, la fórmula catalana no sería digerida por la mayoría de los gallegos. De ahí la fórmula utilizada en el decreto.
En el texto del Bipartito no se instaura la enseñanza cien por cien en gallego. Se le abre la puerta con una palabra que es como el ábrete sésamo de la historia: alomenos. Ese por lo menos es un regalo a los partidarios de la galleguización absoluta, que sólo tendrían que ir ganando poco a poco posiciones. Era una inmersión homeopática, administrada en dosis.
Pero el final del tratamiento estaba claro. Una normalización a la catalana, impulsada por minorías activas que se imponen a mayorías apáticas. Quien piense que este relato es fruto de una paranoia, no tiene más que recordar los pronunciamientos de determinadas entidades y asociaciones contra los planes de la nueva Xunta.
Tras un breve intento de presentar el conflicto como un duelo entre amantes del idioma y galegófobos, o entre partidarios y detractores del gallego en la enseñanza, se abrió paso la verdadera intríngulis del problema. No es otra que la inmersión. Defensores del sistema impulsado en Cataluña, frente a los continuadores del galleguismo idiomático originario.
¿Cómo? Galleguismo originario en efecto. Aquél que se refería a la lengua materna y hacía hincapié en los derechos de los hablantes más que en el de las lenguas. El mismo que consideraba aberrante que un niño del país tuviera una lengua en el aula y otra en su casa. ¿Qué fue de aquella razonable teoría? ¿Por qué se cambió por otra de importación? Ah. El caso es que salen a la palestra ciertos poderes fácticos para hacer una encendida defensa de la inmersión. Es decir, admiten que en este debate nunca estuvo en juego la presencia del gallego en la enseñanza, sino otra cosa muy distinta. No se defiende la normalización, sino una normalización que ellos convierten en la única aceptable, en una normalización canónica cuyo rechazo hace de uno un hereje como el de Miguel Delibes. El texto que presentó ayer el conselleiro de Educación lo pone en evidencia. ¿Desaparece el gallego? No. ¿Queda relegado a una posición ornamental? Tampoco. Sólo queda fuera un producto elaborado fuera, que se quiso copiar aquí por quienes padecen un permanente complejo de inferioridad hacia lo catalán. Galicia no tiene que pagarlo.
Se va el alomenos y retorna el equilibrio. Ese cambio de guardia conceptual en la galleguización tiene el aval democrático y el del sentido común. Que un camino parecido se esté iniciando en Euskadi de la mano del lehendakari socialista indica que no estamos ante una perversión conservadora como algunos críticos pretenden establecer.
La inmersión lingüística que se despide nunca contó con el respaldo social de los gallegos, siempre dados a las posiciones equilibradas. Era algo que también sabían los que pilotaban el submarino. Por eso optaron por introducirla de manera solapada, mediante un ábrete sésamo del monolingüismo, que ahora se cierra.

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