Miércoles 17.03.2010
| Actualizado 05.00
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Quien quiera entender las diferencias entre el nacionalismo gallego de hoy, el vasco y el catalán, puede ahorrarse sesudos análisis políticos. Le basta con ver Air Galicia en la TVG y prestar atención al momento en que tres pasajeros sutilmente caracterizados con chapela, barretina y boina enxebre, viajan en un avión pilotado por un castizo madrileño recalcitrante.
Tras una breve discusión en la que el gallego participa con un recital de encogimiento de hombros, los otros dos periféricos optan siempre por coger la puerta y tirarse, sin paracaídas. Si uno piensa en el gallego corriente, la escena no sorprende a nadie porque nuestro carácter ha sido siempre muy diferente al de vascos y catalanes. El talante que domina en estas latitudes lleva a contemporizar con el piloto, sea quien sea, y buscar soluciones intermedias.
Sin embargo, el BNG sí ha sido propenso a tirarse. Los otros pasajeros ejercían sobre él una especie de tutela irresistible que hacía imposible quedarse en el avión, si los demás decidían arrojarse al vacío. A día de hoy las cosas han cambiado, y surge un nacionalismo gallego emancipado, que decide por sí mismo cuál es la postura que más le conviene en la nave del Estado.
Esa emancipación se ha producido sin grandes aspavientos. Galeuscat sigue existiendo y hay una retórica fraternal que persiste, pero está claro que cada uno tiene su rumbo y va a su bola. Así por ejemplo, el pasajero Ibarretxe acaba de lanzarse a un conflicto descabellado con su referendo, mientras que Quintana insiste en su idea de la bilateralidad, no para arreglar problemas identitarios, sino para asegurar infraestructuras y traspasos pendientes.
La gran virtud del quintanismo reinante es que propone cosas que se pueden suscribir sin ser nacionalista de toda la vida. El gran error del PNV o de Esquerra Republicana de Catalunya consiste en acotar su territorio y ahuyentar a ese segmento social y electoral que tiene del nacionalismo una versión utilitaria, práctica.
El lehendakari Ibarretxe desanda el camino recorrido por Ardanza o Imaz, para situarse donde estaba el BNG de hace unos años. Se tira del avión. El nacionalismo gallego, cansado de tanto paracaidismo, lleva al piloto reclamaciones que suscribiría el resto del pasaje. ¿Acaso no es evidente que Galicia está en desventaja en la defensa de sus transferencias e infraestructuras, cuando otras comunidades ya tienen órganos en los que tratan de tú a tú al Gobierno central, y cupos de inversión en su Estatuto?
El propio socio-rival de Quintana ha entendido el peligro que conlleva para el PSdeG esta estrategia de quedarse en el avión para plantearle quejas al comandante de la aeronave. Confiesa Touriño que a los suyos les faltó cintura en Madrid al no respaldar la comisión de seguimiento del AVE. Claro; no fue una reacción contra un desvarío nacionalista, sino un gesto que pocos gallegos preocupados por el tren de alta velocidad habrán podido entender.
Para el Gobierno y el Partido Socialista es mucho más cómodo tratar con el nacionalista de castin. O sea, el que está siempre enfurruñado, procurando resultar antipático fuera de su círculo, obsesionado con plantear pijadas identitarias o referendos imposibles que logran que, en torno a Rodríguez Zapatero, se aúne la españolidad que se siente en peligro.
No es el nacionalismo achapelado que se tira del avión el preocupante, sino el gallego de Air Galicia que permanece a bordo para torear con habilidad al piloto.
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