El Correo Gallego

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LOS OTROS DÍAS

ALFREDO CONDE

El maestro Garaizabal

26.12.2016 
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EXISTEN rincones de la memoria por los que nunca o casi nunca nos aventuramos hasta que un recuerdo viene a empujarnos hacia ellos. Unas veces es una canción, en otras las breves notas de una melodía e incluso los olores -quizá los olores más que ningún otro motivo- son capaces de empujarnos a esa recuperación de lo vivido que, casi siempre, viene acompañada de nostalgia.

Este escribidor de ustedes, al igual que no pocos de sus lectores, visita con frecuencia ese invento no se sabe si de un dios o de un demonio conocido como Facebook. No se intranquilicen que no se tratará aquí ni de ensalzarlo, ni siquiera de denostarlo, el tal y conocido FB, sino que de lo que se trata es de contextualizar un hecho y de referenciar la realidad que a tantos nos motiva porque es a través del él, a través de Facebook, como se me despierta a mí, en non pocas ocasiones, la evocación de aquellas estancias de mi infancia en las que un jarrón de porcelana de una textura diríase que anacarada, el fruto recién caído de un peral o unas simples y azules miosotis crecidas a la orilla de un camino, tales como las que mi madre solía recoger para conservarlas durante unos días en un búcaro, suscitan esa evocación a la que me refiero, ese viaje dentro de uno mismo.

Es en Facebook en donde Javier Garaizabal cuelga reproducciones de sus cuadros. Ahora mismo acabo de ver la de uno en el que aparece una maceta con una sola flor asomando solitaria y triste, medio marchita, surgiendo, casi se diría que brotando de una tierra abandonada. El tiesto, como se decía antes, pues maceta era la que manejaban los canteros para batirla con ella la cabeza del cincel, es de un azul sombrío y está semienterrado por su base desde la que asoma otra flor, pequeña e inidentificable. Es de la mano de ellas, del tiesto azul y de las dos flores blancas y marchitas de donde surge hoy ese empujón hacia los rincones de la memoria citados al principio.

Es algo que me sucede a menudo con la pintura del maestro Garaizabal, entendido sea esto de maestro en el más antiguo y noble sentido del término, pues de eso es de lo que se trata de un maestro en su arte. No es que se refleje en su obra la simple y sencilla cotidianeidad propia de la gente que en invierno pasea al borde de las playas o recorre las alamedas al amparo de los falsos plátanos y los sauces más llorones, es otra cosa, relacionada con la sensibilidad que a mi y ahora mismo me resulta indefinible.

Lamentablemente, claro, porque mucho me gustaría ser capaz de comunicarles a ustedes la facilidad de encontrarse con ese empujón hacia los rincones de la memoria más olvidados con solo contemplar la obra de Garaizabal a través de la realidad virtual de la pantalla del ordenador; un lujo casi tan barato como el respirar, al menos de momento. Anímense a su disfrute.

Escritor, Premio Nadal

y Nacional de Literatura