Domingo 08.02.2009
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Si no nos equivocamos en las cuentas, Galicia suma veinte cabos en sus más de 1.500 kilómetros de costa: Bares, Ortegal, Prior, Prioriño, San Adrián, Veo, Touriñán, Da Nave, Fisterra, De Nasa, Cee, Teira, Corrubedo, Falcoeiro, Cruz, De Udra, Do Home, Do Mar, Estai e Silleiro.
De ellos, sólo uno, el de Touriñán, es el punto más occidental de la España peninsular. Es un espacio natural protegido -aunque desgraciadamente todo apunta a que lo estará por muy poco tiempo más- por la Red Natura. Cualidad geográfica, medioambiental y paisajista que, al parecer, no es valorada por la mayoría de los habitantes de la zona, partidaria de que en aquella planicie, levantada a los pies de un mar impresionante y abierta al paso de todos los vientos, se instale una factoría acuícola, con sus emisores y motores de bombeo de agua marina, que una vez construida dará trabajo directo a no más de 50 personas, en el mejor de los supuestos, aunque la propaganda diga otra cosa.
Carlos Negreira, una de las cabezas visibles del equipo de Alberto Núñez, ya ha anunciado, en declaraciones a este periódico, que el nuevo Gobierno autonómico retomará ese proyecto tan pronto tome posesión. El argumento político fundamental utilizado por el dirigente popular es que así lo quiere la mayoría en este caso; también anuncia que, en cambio, serán eliminados los proyectos acuícolas de Merexo, Seiruga y Camelle, pues los tres son rechazados por la mayoría. Es decir, las decisiones políticas anunciadas son coherentes con arreglo al principio de hacer valer lo que quiere la mayoría de los habitantes directamente concernidos.
Algo que, en principio, es impecablemente democrático, pero que llevado hasta sus últimas consecuencias podría provocar situaciones cuando menos discutibles.
Pongamos un ejemplo muy extremo. Supongamos que la mayoría de los compostelanos estuviese de acuerdo en dinamitar el casco histórico de Santiago (incluida la catedral), porque en el subsuelo se ha hallado una enorme reserva, única en el mundo, de un tipo de mineral nuevo que haría posible el ascensor espacial, ideado por el escritor Arthur C. Clarke en los años 70 y que aparece reflejado en su novela 3301: Odisea final (llevada al cine por Stanley Kubrick en la impresionante película 2001: Una odisea del espacio). En definitiva, se trataría del mineral que provocaría la revolución espacial.
¿Esa decisión debería ser sólo asunto de los santiagueses, o deberían poder participar en ella el resto de los gallegos, quizá el resto de los españoles y por qué no los europeos?
Pero también podemos hacernos otras preguntas que no se basen en una ficción. ¿La ubicación de Reganosa en la ría de Ferrol cuenta con el beneplácito de la mayoría de los habitantes de las poblaciones afectadas? ¿La Cidade da Cultura, costeada con dinero de los presupuestos autonómicos, tiene el apoyo de la mayoría de los gallegos? Los ejemplos serían casi interminables, y el debate no se agota en la mayoría.
Donde el ex alcalde Blanco y la mayoría de muxianos sólo ven "tojo y prado" , otros perciben un país, una geografía, una cultura. Sin por ello renunciar a exigir inversiones públicas y privadas para dinamizar la Costa da Morte y que la gente pueda vivir dignamente. Por eso sería bueno que la zona tuviese un modelo de crecimiento con futuro.
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