Lunes 22.12.2008
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Tras la caída del Muro de Berlín, la pérdida de influencia de la ex URSS fue una realidad. Una realidad que, quien lo podía imaginar, colocaría a la China comunista en un lugar muy relevante para la vida económica del mundo occidental. La crisis que estamos padeciendo ha permitido al peculiar capitalismo chino adueñarse de no pocas multinacionales y de estar presente, quizás demasiado presente, en la vida y hacienda de millones y millones de ciudadanos europeos. Cuando China despierte es, como saben, el título de un famoso libro del siglo pasado que alertaba acerca de las consecuencias para el mundo de la salida a la escena global del gigante asiático. En realidad, los cambios en China son formales. El capitalismo denominado chino no es más que un inteligente sistema de mercado a cuenta gotas. Es decir, son empresarios quienes deciden el PC. Obtienen los beneficios que decide el PC. Al PC han de financiar y, de paso, a la nomenclatura. Sigue habiendo pena de muerte. En este tiempo han ejecutado nada menos que a un súbdito británico por narcotráfico. Los disidentes pagan sus actividades en la cárcel por largas temporadas. Hay censura como todo el mundo sabe. El interior del país, no conocido para muchos, guarda celosamente los secretos de una vida comparable con los siervos de la gleba de los peores momentos de la Edad Media. La libertad de expresión es una quimera como vimos en la última Olimpiada.
Es decir, China es una férrea dictadura que enseña, de cuando en cuando, algunos ramalazos de una controlada libertad económica de fines propagandísticos. Sin embargo, no pocos empresarios occidentales caen seducidos ante los encantos de un sistema explotador donde los haya ante la obsesión por el beneficio. Muchas empresas se quieren deslocalizar al paraíso asiático en el que los sueldos son de pacotilla y, por ende, los beneficios, desproporcionados. Muchos países del mundo le tienen miedo al gigante asiático y consideran la ausencia de libertad como una asunto interno o, incluso, como una expresión de una identidad cultural incomprensible para el mundo occidental.
Ojalá que en el presente también China comience a emprender reformas que la conduzcan a la democracia, a la libertad. No es de recibo que en los inicios del siglo XXI todavía haya tantos países en el mundo, China incluida, en los que los derechos humanos sean una ilusión. Si la comunidad internacional no consigue, también en China, que la libertad vaya amaneciendo de verdad, la tan cuestionada y cacareada misión de las Naciones Unidas será una realidad. Una realidad que debiera llevar a que el compromiso por las libertades y la dignidad del ser humano deje de ser una retórica falaz para convertirse en algo vivo y real.
El jefe del sistema acaba de decir que necesitan un siglo para modernizarse. O, lo que es lo mismo, que la represión, la censura y el control total de la sociedad seguirá sus derroteros al servicio, como suele acontecer, de una nomenclatura que se resiste a los cambios. Cambios que no pueden esperar un siglo.

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