Lunes 22.12.2008
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Ayer comí ancas de rana, grandes como los zancos de los pollitos picantones, enormes, como nunca las había comido. Comí también guachinango, en recuerdo de la primera comida mexicana que realicé, hace más de cuarenta años, en Veracruz, nada más atracar el barco. La hice en la plaza de las Colonias, hermosa y soleada, llena también de marimbas, según la tarde avanza. Llegué, me senté en un restaurante, de nombre que no recuerdo, y pedí unos huevos a la ranchera y el susodicho guachinango. Nunca los hiciera. El primer impulso, nada más llevar a la boca un poco de arroz rebozadito en huevo, me llevó a sentarme en lo alto del respaldo de la silla. El segundo me condujo a salir al exterior, a pasear por la plaza. El tercero casi me introduce en la iglesia próxima a implorarle al Nazareno que me liberase del fuego que abrasaba mi boca, mi esófago, mi estómago y así sucesiva, profusa y lentamente, hasta las postrimerías digestivas, según las horas avanzaron y la música de las marimbas ocupó todo el ámbito de la plaza que les dije. El guachinango mitigó los ardores. Al parecer se trata, al menos se trató, de un pez pirofobo y muy simpático. Lo recordé mientras me lo comía. No hay nada como ser agradecido.
Alguna gente se extraña de que, a alguna otra gente, nos guste comer ancas de rana. Sin embargo, a nadie le parece mal que uno coma guachinangos. Veré de explicarles el por qué. Empezaré por el principio. Cuando yo era niño, todavía estaba viva A Lagoa de Antela, aún no la habían sepultado. Las aves migratorias la ocupaban, en las debidas fechas, y las autóctonas durante todo el año, las ranas entre ellas. Entonces, por una peseta, en la plaza de abastos ourensana, te podías hacer con un caldero de ellas. En las llamadas casas bien, en las que se comía pollo los domingos, pollo o menestra de cordero, las despreciaban. En los bares finos, en el Cortijo, que estaba en la calle del Paseo, te las servían como tapa, fritas a la romana, una vez llegada la hora del aperitivo. Era una delicia contemplar a la considerada gente fina chupándose los dedos a fin de desalojar los huesecitos que se les habían instalado, temporal y subrepticiamente, en sus cavidades bucales por decirlo con la mayor gentileza y exactitud posibles. Allí, en el Cortijo, me aficioné yo a ellas para que ahora más de un amigo me considere un energúmeno. ¿Y de los guachinangos, qué? Pues nada que no les haya dicho. Los conocí en Veracruz, estado de Jalapa, hace cuarenta y tantos años y soy persona de lealtades, siempre que sean mutuas y correspondidas. Durante todos ellos, durante los pasados cuarenta y dos años, no he tenido nada que decir de ellos, de los guachinangos. Pues eso.

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