Martes 17.06.2008
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Conocí hace unos diez años a Ángel, y la primera impresión que me llevé de su persona fue su exquisito y elegante trato con la gente, condición tan poco frecuente en estos tiempos de prisas y sobresaltos. Era un tipo que sonreía y miraba de frente cuando hablabas con él, y ante malas noticias o retos complicados nunca mostraba el desánimo, y siempre tenía una palabra de aliento y consideración.
Era de esos espíritus superiores que tenía una especial sensibilidad por el mundo de la cultura: amaba los libros. Recuerdo que ambos teníamos una gran afición por la Historia de España y por temas de Sociología y Filosofía. En muchas ocasiones nos hemos intercambiado y regalado libros; y la primera vez que tuve la honra de recibir su visita en mi casa se preocupó porque le mostrase mi biblioteca. Era un hombre comprometido con sus ideas, valores y proyectos, pero siempre atento a las percepciones, no siempre coincidentes de los demás. Un océano de inquietudes habían inundado su vida desde una temprana edad, lo que lo convertiría muy pronto en un joven valor de la política gallega.
Cuando la bonhomía se ve diluida entre el difuminado eco de las voces, siempre aparecen figuras que reconfortan el alma y le alientan a uno para seguir por la senda de tratar de conseguir lo mejor para la sociedad.
Al enterarme de la noticia del nuevo viaje que había emprendido Ángel, ese enamorado de las Ondas do mar de Vigo, que recitaba Martín Códax, una tormenta de desesperanzas embargó de tristezas mi pobre corazón. Recemos todos por él: cristianos, ateos y agnósticos.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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