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crónicas de jac

JOSÉ ANTONIO CONSTENLA

Año nuevo luchas viejas

12.01.2018 
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DE pequeño pensaba que el mundo era un lugar comprensible, que los niños iban al colegio mientras sus padres trabajaban, que las tardes largas y flexibles como un chicle eran para jugar en el parque, los veranos eternos para disfrutar del sol, y las frías navidades para recibir a los Reyes Magos que venían desde Oriente cargados de regalos, y en ocasiones también de carbón. No sabía que existían las fronteras y pensaba que siempre, o casi siempre, ganaban los buenos, como en las películas de vaqueros que tanto me gustaban y de las que disfrutaba los sábados por la tarde. Benedetti decía en uno de sus poemas: "Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta, un charco era un océano, la muerte lisa y llana no existía".

Como si fuéramos Quijotes errantes, recorremos el mundo y nos vamos topando con realidades y situaciones injustas que unas veces no nos gustan, y otras nos causan malestar, pero a las que sólo a veces estamos dispuestos a combatir con nuestra espada imaginaria.

Ahora con más de 40, algunas canas, muchas dudas y pocas certezas, sigo soñando con que un mundo más justo es posible, y en cualquier caso, sigo creyendo que merece la pena dar algunas batallas por conseguirlo, por nosotros, pero sobre todo por nuestros hijos.

Querría luchar para que a mi alrededor la gente no tuviese miedo, miedo a no encontrar trabajo, a no llegar a fin de mes, a sufrir por falta de amor, a fracasar... porque todos nos comprometiésemos con el medioambiente para frenar el cambio climático. Porque los políticos fuesen valientes y honrados y viesen su trabajo como un servicio y no como un premio, y que todas las personas ganasen lo suficiente para poder tener una vida digna y cubrir sus gastos básicos.

Querría poder caminar por la calle con tranquilidad, sin tener que mirar con recelo en cada esquina. Acabar con las guerras, los campos de refugiados, y la gente que muere en cualquier parte del mundo por defender sus ideas, o por tener un credo distinto. Mirar al hermoso mar Mediterráneo sin pensar que sus aguas son el último destino para miles de personas que buscan en nuestra Europa lo que no consiguen en su tierra: paz y futuro para sus hijos.

Nadie debería ver a otros seres humanos pasando hambre en un mundo que produce comida suficiente para todos, o que viven en las aceras de las ciudades convertidos en almas invisibles para los peatones que discurren a su lado. No podemos quedarnos indiferentes ante los niños maltratados y las mujeres que mueren por decir no, o por no querer plegarse a los deseos egoístas de los que nunca las quisieron.

También habría que dar la batalla para que la humanidad no perdiese la esperanza de que las cosas pueden mejorar, donde los enemigos irreconciliables se miren a los ojos para pedirse perdón y la educación y la cultura sean universales.

En el contexto en el que vivimos, la metáfora de la batalla es útil, pero esconde detrás de cada cosa que encaramos mucha energía, tiempo y estrés. Jovellanos decía que "bien están los buenos pensamientos, pero resultan tan livianos como burbuja de jabón, si no los sigue el esfuerzo para concretarlos en acción", por tanto si queremos mejorar las cosas, sólo podremos hacerlo con el compromiso decidido de todos para que otro mundo sí que sea posible.

joseaconstenla@infoscod.es