Miércoles 17.03.2010
| Actualizado 21.01
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El último intento de los presuntos guardianes de nuestras esencias colectivas de convencernos de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos tiene nombre propio: o Apalpador. Olvídense ustedes de los Reyes Magos; a la ilusión infantil en Galicia hay que ponerle la cara de este anciano sucio y barrigón que, por estas calendas, abandona durante una noche su oficio de carbonero para palpar las dormidas barrigas de las criaturas y calmar su hambre con alguna castaña.
Presentar como una suerte de icono nacional el folclore exclusivo de unas pocas aldeas perdidas en la alta montaña de Lugo no es, con todo, lo que llama más la atención. Lo hace aun más la escasa perspectiva de los promotores de un personaje, que, en su anhelo por descubrirnos nuestro ser colectivo, no parecen haber reparado en los dolorosos recuerdos que evoca con fuerza: la pobreza de los mayores y el hambre de sus pequeños, el pan nuestro de cada día en el rural de hace no muchos decenios. Hasta la miseria, pues, resulta añorable a estos individuos, con tal de que huela a esencia patria. Propongo, por ello, resucitar al Apalpador, pero a los efectos de palpar el cráneo de sus valedores y comprobar si, como parece, suena a hueco bajo su cabellera.
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