Lunes 22.12.2008
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Desde asociaciones como Europa Nostra se inculca en estos momentos la necesidad de proteger y recuperar las antiguas arquitecturas industriales. Para mí, no se trata solo de vestigios de buena arquitectura, sino también baluartes de la iniciativa empresarial, testigos ejemplarizantes de sagas que, arriesgando mucho, crearon desarrollo, riqueza, futuro y belleza a través de construcciones utilitarias y productivas.
Las grandes arquitecturas industriales de los años 20, 40 y 50 en ciudades como Vigo o Ferrol sucumben ante el abandono, la desidia y la avaricia especuladora. La Panificadora de Vigo o la Fábrica de Lápices Hispania de Ferrol o los conjuntos Massó constituyen algunos de los ejemplos de esta sangría de nuestro Patrimonio Cultural Industrial que nuestro Gobierno debería frenar de inmediato.
La Panificadora de Vigo es un complejo de los años 20 con diez silos de hormigón y cerca de 9.500 m2 construidos. Fue fundada y construida por D. Antonio Valcarce, emprendedor que llegó a Vigo en 1903 desde Ferreira de Pantón para embarcar hacia Cuba. Su visión de un Vigo próspero le animó a quedar en esta ciudad y trabajar de panadero, progresar y a su vez, crear progreso.
La Fábrica Hispania de lápices responde a un diseño de los años 30 y se convirtió en un referente europeo con la fabricación de los lápices Johan Sindel. La guerra que envolvió a Alemania por aquellas épocas hizo decaer la fabricación en aquel país y permitió el florecimiento de la Fábrica de Ferrol.
Galicia ha sido cuna de grandes emprendedores en épocas de escasez. Sectores como los curtidos, el papel, las conservas, la siderurgia, la cerámica, la porcelana, etc., han sembrado nuestra geografía de buena y elegante arquitectura productiva que, de ninguna manera, debemos dejar desaparecer, por mucho que se empeñen los alcaldes y corporaciones locales de turno a través del trueque especulador.
La crisis inmobiliaria ha dado un balón de oxígeno a nuestra maltrecha arquitectura y a nuestro asfixiado paisaje. Estos años de hambre constructiva podrían aguzar el sentido común y permitir la puesta a salvo y en valor de lo que queda de nuestro patrimonio construido. Gracias a este tiempo muerto, nuestro Gobierno autonómico debería mover pieza rápidamente y aprovechar para proteger los vestigios que amenaza la espada de Damocles de la especulación.
Frenado el exceso de nueva construcción, parecería lógico comenzar un plan de recuperación de la buena arquitectura. Este plan de restauración y rehabilitación pasaría por la creación de un plan de formación-especialización por oficios de la mano de obra, hoy en paro, que se emplearía para acometer obras de rehabilitación. De esta forma, se recuperarían oficios y artes aplicadas y sería una ocasión muy especial para acometer la renovación-revalorización de la Formación Profesional. Conseguiríamos convertir la fábrica de parados en que se ha convertido este país en la bolsa de trabajo donde conseguir especialistas e intentar reconstruir un país asolado.

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