Lunes 22.12.2008
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EL cuerpo humano, en su perfección, encierra un complejo pero eficaz sistema circulatorio en el que la sangre fluye a través de una sucesión ordenada de vasos sanguíneos de diámetro cada vez más reducido hasta llegar a los tejidos. El sistema de transporte español, en especial el aeroportuario, anda lejos de asimilarse al arterial. España ha apostado simultáneamente por un transporte aéreo, por ferrocarril y carretera. A lo grande. Primero fueron las autovías -en Galicia duplicadas innecesariamente olvidando la salida natural e histórica a través de O Barco-, que costaron a Santiago quedarse años desconectada de la meseta, luego la alta velocidad -que se salvó de milagro en nuestra comunidad de ser duplicada- y en los últimos tiempos, la proliferación de los aeropuertos. Una muestra: Francia con más de 675.000 km2 dispone de 24 aeropuertos. España, con poco más de 500.000, dispone de 49 sin contar los de Lleida y Ciudad Real. ¿Cuántos son rentables? 11. Una cifra que obliga a replantearse el mapa aéreo.
El caso gallego es sangrante. Tres aeropuertos en un territorio de poco más de 30.000 km2, en el que el ferrocarril ha logrado un acercamiento logístico entre Vigo, A Coruña y Santiago y pronto lo hará con Madrid, que pone más en entredicho el sostenimiento del planteamiento actual. Se avecina un proceso concentrador o de reconversión de aeropuertos similar al de las cajas de ahorro. No caben otras opciones. La fachada atlántica no dispone de demanda para cuatro aeropuertos, incluido el de Sáa Carneiro. Dejando a un lado liortas localistas, Lavacolla (H24) debería empezar por explorar un nuevo mercado y convertirse en la Terminal (T5) de Barajas, que sea conexión intercontinental de Europa con la zona centro y sur de América, lo que de paso aligeraría el aeropuerto madrileño.
Abogado

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