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tribuna libre

JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO

De Asunta a Gabriel

13.03.2018 
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Los miembros de nuestra sociedad se arremolinan, al leer en los periódicos que una madre intenta estrangular a una hija, o que ha hecho desaparecer el fruto de sus entrañas. Sucede a veces que la propia madre o bien el padre no sólo han matado a su hijo, sino que lo han despedazado y esparcido sus restos. ¿Qué habrá en la mente y en el corazón del que así actúa?

Suele darse además una constante, que se va repitiendo en una y otra situación. Esas muertes, como las que hemos conocido de Asunta y Gabriel, y otras muchas, son consecuencias de la falta de entendimiento entre las parejas. ¿De dónde vienen esos lodos...? Tanto en el caso de Asunta como en el de Gabriel, el matrimonio se había deshecho y no convivían entre ellos... Hace algunos años, cuando la fe cristiana se dejaba sentir más en las familias, por lo que estas no eran simples parejas, sino matrimonios, se evitaban a menudo las separaciones pensando en los niños, pues son siempre ellos los que pierden. Ahora siguen perdiendo los niños, tristemente porque en muchas ocasiones son sus padres o más bien las parejas de sus padres quienes los hacen desaparecer, porque les estorban... Basta con dar una ojeada a los casos que hemos referido, para confirmarlo.

Yendo un poco más adelante, da pena oír los pronunciamientos de los políticos, cuando sucede una desgracia de tal alcance, que no ofrecen nunca un remedio efectivo: se limitan a mostrar a sus familiares más cercanos, su "indignación", su "dolor" y su "solidaridad". Cierto que esos casos son "indignantes", "dolorosos" y necesitados de la unión de todos frente a tales barbaridades. Sin embargo, como a nivel oficial se acepta sólo lo humano que no sea cristiano, entonces todo se queda en un reconocimiento de la desgracia y la tristeza que se sigue. No se mira al futuro, sea éste inmediato o lejano, pues da la impresión, teniendo en cuenta lo que se oye, de que un político no puede mostrar la fe que vive y practica en otros momentos. ¡Qué pobreza!

Aunque también en tiempos de democracia el mundo occidental es en buena parte cristiano, de una u otra confesión, ¿no debería la clase política tener integrados a tantos creyentes, sin limitarse a recibir sus votos? De no hacerlo así, los electores podrán pedirles cuentas; y los dirigentes de los partidos, muchos de los cuales creen en Dios, tendrán que estar agradecidos a la Iglesia, a la que tantos desprecian. Desde luego esta ofrece a las familias algo que les es útil para esta vida y para la otra: el pedirle a quien tiene poder y es misericordioso la ayuda para el porvenir. Los creyentes le pedimos de corazón a Dios la serenidad, la paz y la esperanza, para los que han perdido un familiar; y el descanso eterno y la felicidad sin término para quien ha dejado este mundo y ha de ir al encuentro del Dios que puede darles la vida que no termina.

(*) El autor es Canónigo Lectoral