El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

El barco

15.06.2018 
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SI hay algo a lo que no puede renunciar Europa es a la solidaridad. Es parte fundamental de su esencia, aunque se concibiera como una unión comercial en sus orígenes. En la carta social la solidaridad es básica, porque un estado moderno no puede negarse a las acciones humanitarias. Al menos, si desea mantener la dignidad. Así que la acción de abrir el puerto de Valencia al Aquarius, ya decíamos ayer, no sólo es necesaria y pertinente. Es, también, parte del mensaje que debe mandar necesariamente un gobierno que quiere estar a la altura de las circunstancias.

Sin embargo, el asunto de los refugiados no es fácil. Se complica cada día. Y se complica, además, por las batallas que van ganando excluyentes e insolidarios, tanto en el continente como en otras partes del mundo. Es obvio que una acción coherente en un terreno tan complejo como las migraciones debe tomarse de manera conjunta, no volviendo a la fragmentación que algunos propugnan, y que a punto ha estado de causar un conflicto diplomático entre Francia e Italia. Europa no se puede permitir entrar en estos juegos internos, porque ese sería, ya que de barcos hablamos, un proyectil dirigido contra la línea de flotación de la Unión.

La estrategia de dureza puesta en marcha por algunos, y la peligrosa tendencia de esta sociedad al castigo (herramienta útil, también, para los que no quieren perder el tiempo en buscar ideas alternativas) no sólo no va a solucionar el problema, sino que puede crear conflictos internos indeseables. La inteligencia empieza a estar mal vista, y el brutalismo, en cambio, es aplaudido por más de los que cabría suponer. Una sociedad exclusivamente punitiva es impropia del siglo XXI. Una sociedad insolidaria, lo es aún más. Pero al tiempo que nos felicitamos por este rearme moral que supone acoger a la gente del Aquarius en España, también es cierto que hay que abordar el asunto con mucha más dedicación y empeño. A fin de cuentas, Europa no puede negarse a hacerlo, porque ha tenido intereses históricamente en muchos de los países de donde provienen ahora masas importantes de inmigrantes. Desentenderse no es una opción.

La audacia se requiere ante problemas acuciantes. Europa tiene que abrazar el liderazgo mundial que otros abandonan y recuperar su esencia humanitaria, su altura social. Lamentablemente, están surgiendo islotes de autoritarismo que además pretenden coaligarse. Las imágenes televisivas de los inmigrantes del Aquarius (y los dos buques que se han unido a la travesía) hablan por sí solas: hay periodistas a bordo que narran la travesía. La ayuda de algunas organizaciones es incuestionable. Y la dignidad de algunos alcaldes italianos (y desde luego españoles y de otros lugares, de izquierda y de derecha) merece ser saludada con respeto. Merkel empieza a tener problemas con su coalición. Hay que reconocer que desde 2015 más de un millón de refugiados han pedido asilo en Alemania. Italia, también es cierto, ha recibido oleadas continuas. Es necesario establecer una política común verdadera, razonable y solidaria, en la que el sur de Europa no tenga que ser el único escenario de esta nueva batalla política. De momento, Marlaska ha prometido luchar por eliminar las desconcertantes concertinas. Una buena noticia.