Sábado 27.12.2008
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Opinión » Firmas
Habría que preguntarle a este despistado líder del PP que ayer pasó por Galicia qué le huele a podrido en el concurso eólico. ¿Se refiere a las dos grandes cajas gallegas que obtienen con sus planes industriales una parte sustancial de los megas en disputa, o a las conserveras gallegas que también fueron agraciadas, o quizá a la industria láctea gallega que figura en la lista, o acaso a las constructoras gallegas beneficiadas en el reparto del viento?
¿No será que ese mal olor que don Mariano detecta se debe al origen de los elegidos por la comisión? A lo peor, en esa desafortunada declaración que equipara a la Galicia eólica con la Dinamarca de Shakespeare late una idea clasista, según la cual sólo la aristocracia energética podía optar a este negocio. Al formularla, Rajoy se ha puesto en contra del capitalismo galaico, el gran beneficiado con la resolución.
No es el único. Otros se han empeñado en sembrar de sospechas el proceso, disfrazando de diferentes formas lo que sólo era una defensa de privilegios. Como esos jugadores de las películas del Oeste poco habituados a perder, quisieron tirar la mesa en cuanto se dieron cuenta de que otras presiones más sutiles no surtían efecto.
Pocas veces ha estado tan clara la pugna entre el interés público y un interés privado mal entendido, y el pulso entre el empresariado doméstico y el foráneo. Al introducir en las bases tanto la participación de la Administración, como la exigencia de un proyecto industrial que evitara la fuga de capitales, el conselleiro Fernando Blanco se convirtió en el enemigo predilecto de los tradicionales amigos del mangoneo.
Al abrir el maná de los megas a firmas, entidades y empresas gallegas, el BNG queda catalogado como adversario a batir por los grandes grupos que se reparten los negocios de la energía. A partir de ahí empieza un ataque despiadado al plan eólico. La causa no está, por tanto, en unas iregularidades que jamás se precisaron, sino en el berrinche de los monopolistas.
De ahí que la lista que ayer se conoció tenga un valor extraordinario. Es como una reivindicación después de tantas y tan sonadas derrotas del capital autóctono en batallas que no es necesario recordar. Una reivindicación que además se produce gracias a un juego de equipo en el que participa el nacionalismo en la parte política, y el empresariado en la económica.
Gracias a aciertos propios y groseros errores ajenos, el BNG hace del concurso eólico su consagración. Resiste la presión de poderes acostumbrados a doblegar a cualquiera, aguanta la deslealtad de sus socios de Gobierno y no se deja llevar por los cantos de sirena que llegaban de los grandes emporios de la energía. Lo que podría haber sido el cadaleito del proyecto de Quintana se convierte en su doctorado.
De una liga menor en la que el nacionalismo estaba asociado a la política simbolista, pasa a otra de altos vuelos. Hace en ella un papel excelente, ayudado también por la torpeza de sus contrincantes. Así, los mismos populares que ahora tienen un olfato fino, se taparon la nariz para repartir megas opacos durante su régimen.
Los socialistas cambian a última hora sus gustos olfativos para hacer pareja de hecho con el PP. Sectores extra-políticos giran su pulgar hacia abajo, sin darse cuenta de que ya pasó la época de los emperadores. Hay poderes que declinan con el concurso, y otros que asoman. En el podio queda una pareja insólita, formada por empresarios y nacionalistas. Huele bien.

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