Lunes 22.12.2008
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EL hombre siempre amó la luz, la buscó siempre. Por eso nunca dejó de sorprendernos la realidad de que, su regreso, una vez superado el tiempo que la Iglesia llama de Adviento, del Advenimiento o, lo que es lo mismo, de la llegada de la Luz que los cristianos identifican con Jesús-El Cristo, una vez que la luz renace, llegue el frío, se hielen los campos del amanecer y, si el viento viene del norte, la luz que viste las últimas horas de la tarde, sea de una diafanidad que se diría que lastima como sólo puede llegar a hacerlo la hermosura; pues así es ella, hermosa y plena.
El hombre siempre amó el mar, mucho más el hombre libre. Baudelaire lo dejo escrito: "homme libre toujours tu chériras la mer /la mer est ton miroir, tu contemples ton âme/ dans le déroulerment infinite de sa lame". Por eso también es sorprendente, a los más así se lo parece, que las almas de los humanos, cuando ya se ha contemplado todo cuanto tenían que hacerlo en el espejo que el poeta afirmó que es, se dejen llevar por él, se entreguen a su influjo y abandonen sus cuerpos cuando el mar se retira y se las lleva.
Inicia la luz su camino ascendente, llega el frío que el otoño fue gestando al tiempo de desnudar la tierra barriéndole el último manto de hojas con el que se cubría y con él las últimas flores del sol, los crisantemos que los japoneses aman tanto, y, con los cambios de marea, cuando el mar se aleja de nosotros se lleva las almas en busca de la Luz última de la que aquí también se habla.
Dicen los japoneses que Buda es una luz que te permite orientarte en la búsqueda de ese lugar sereno en el que todo es placidez y calma, ese nirvana en que consiste el no ser o la plenitud del ser, según como se quiera enfocarla. No parece nada muy distinto del gozo de la eterna contemplación de Dios en la que, los creyentes en Cristo, esperan su resurrección con los mismos cuerpos y almas que tuvieron. La esperanza, más la esperanza última, pues eso debe ser la fe, incluso para los que no la tienen, explica lo que la razón no comprende ni acaso alcance a comprender nunca.
Ayer, de madrugada, cuando el mar del Finisterre comenzaba una vez más su camino de regreso, empujado quizá por la luz que crecía de nuevo por oriente y el viento era del norte y todo se había vuelto frío, Feliciano Barrera, el editor de honor de este periódico, falleció en Madrid. Vivió noventa y tres años, plenos como el mar mayor, rotundos como los montes ponteareanos que él amaba, serenos como el mar interior que llevaba dentro, como el de la Ría de Vigo, germinales en todo tiempo, fructíferos, generosos y desprendidos, plenos. Ojalá su alma encuentre la luz que alumbró su fe cristiana, la paz que se merece, la plenitud que es seguro que le espera. Fue un hombre bueno, sencillo y claro, trabajador e imaginativo, alejado de vanidades. Somos muchos los que echaremos siempre en falta su bonhomía campechana, su mano siempre abierta y su voz clara, mientras permanecemos aquí maldiciendo a veces el frío invierno.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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