El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Albor, con Xelmírez y el Apóstol

13.07.2018 
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RECUERDOS demasiado lejanos de un periodista novicio que acude intimidado a un encuentro con el presidente de la Xunta en una tarde compostelana. Junto con los aperos profesionales una idea vaga de lo que era un presidente en la que se mezclaban la historia y las películas, o sea, un ser distante y rodeado de cortesanos, gravitando entre el mundo real y el mitológico. Inaccesible en suma. De ahí la sorpresa de que en los portales del pazo de Raxoi no hubiese nadie, ni tampoco arriba una vez subida la escalinata, ni siquiera un secretario o secretaria provistos de la agenda y ordenándote que esperes lo que haga falta.

Sólo una puerta al fondo que tal vez daba acceso a un despacho dónde un enjambre de asesores elaboraban sesudos informes para el mandatario. Lo correcto era llamar y el periodista lo hace un par de veces hasta que oye una voz: adelante, pase. Allí estaba Albor solo en medio de un autogobierno de pocos metros cuadrados, recibiendo al visitante con la amabilidad del médico de cabecera e invitándole a que mirara por el ventanal hacia la fachada del Obradoiro de una catedral en la que residía un conselleiro sin cartera llamado Santiago, llegado del extranjero para más señas. Confesó el presidente que le ayudaba mucho pensar en el Apóstol, y pasado el tiempo aquel novato de la información se dio cuenta de que el santo Patrón casi era el único apoyo consistente del primer regidor de la Galicia democrática.

En aquél entonces los peregrinos no eran numerosos, pero los pocos que había contrastaban con la soledad presidencial. Nada que ver con el despacho oval que mostraba Hollywood. Más bien se parecía aquello a un consultorio. Hay profesiones que imprimen carácter y la de médico era una de ellas. Don Gerardo se dirigía a ti como a un paciente con una calma que no alteraban los móviles (no había) ni los relojes, que ya existían pero que el presidente no miraba porque el tiempo lo marcaban las campanas. ¿Por qué tener prisas si la autonomía había llegado tras muchos siglos de espera?

Sin embargo, Albor no parecía echar de menos las prosapia presidencial, los atributos del poder, los signos de grandeza que acompañan al cargo. ¿Quiere un café? Estupendo, pero las competencias del titular de Gobierno gallego no eran tan amplias como para ofrecer cafés a las visitas, aunque aclaró que tal vez consiguiera una cafetera prestada de los vecinos del Concello. Mientras tanto no se produjesen las transferencias del roñoso poder central no quedaba otra que ir al Hostal y atravesar la plaza en medio de la curiosidad de algunos informados que sabían que aquél señor era famoso por algo, y el saludo de diputados anónimos que salían del Pazo de Xelmirez.

De los tres poderes, dos vivían de prestado, compartían la plaza y se tomaban algo en el sitio neutral del hospital de los Reyes Católicos. El parto de la Galicia autonómica se produjo en ese espacio reducido, en una conversación permanente de Xelmírez, el Apóstol y Albor que ahora proseguirá en la eternidad. Todo empezó con aquel don Gerardo asomado a la ventana de Galicia al que visitó el periodista novato que ahora les escribe.

Periodista