El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

'Prestige' y posverdad

14.11.2017 
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LA catástrofe del Prestige admite cantidad de puntos de vista. El ambientalista tiene materia suficiente para valorar el impacto de aquel descomunal vertido en una costa tan rica como la nuestra. El jurista cuenta con un caso rico en matices, vericuetos y jurisdicciones. El conocedor de los tráficos petroleros puede analizar circunstancias poco conocidas del negocio. El marino profesional incorporará a su bagaje la conducta de Mangouras. Gracias al suceso, el político posee una experiencia impagable sobre la toma de decisiones en momentos de crisis, y el activista experto en agitaciones sabe las posibilidades y límites de la movilización social.

Aquel triste episodio es un inagotable depósito de enseñanzas, entre las que no se debe olvidar la relacionada con la comunicación. Quizá haya sido uno de los primeros momentos en que la posverdad no sólo se utiliza, sino que logra cautivar a importantes sectores. Es cierto que la posverdad, con otras denominaciones menos llamativas, existe casi desde siempre, como lo demuestra el caballo de Troya, porque la posverdad no deja de ser una mentira disfrazada de verdad, o si se quiere un caballo hueco que en realidad oculta a las tropas griegas. También es una de las primeras veces en que la indignación espontánea se canaliza astutamente para alcanzar fines políticos, en lo que podría considerarse un anticipo del 15-M.

Durante aquellas jornadas la verdad basada en datos y razonamientos se enfrenta a la posverdad concentrada en píldoras. La comparecencia torpe y burocrática de la mayoría de medios oficiales, lidia con impresiones, fotos, imágenes y consignas. El portavoz administrativo que comparece desde el despacho compite en portadas e informativos con la gente embadurnada de chapapote, o el líder de Nunca Máis que sabe aprovechar el corte y buscar el titular. Un Ejército convencional se encontró en el campo de batalla de la comunicación con una guerrilla que conocía mucho mejor el terreno, como en Vietnam. Fue así como un alejamiento del petrolero que al principio apoyó todo el mundo, se convirtió después en la prueba irrefutable de la desastrosa gestión. A día de hoy, quince años después, muy pocos valientes han sido capaces de decir en qué puerto o ría habría que haber empotrado el Prestige.

Pero ahí reside la capacidad de la posverdad. Es capaz de crear una verdad artificial que a su vez modifica el relato de los acontecimientos y altera el reparto de papeles entre buenos y malos, hasta el punto de que el capitán del petrolero llegó a convertirse en héroe y la Administración en responsable absoluta de la tragedia. Sólo la sentencia judicial logró restablecer la verdad que se había perdido, pero aún no ha perdido toda la vigencia la versión que se instauró en aquellos días en los que analógicos y digitales protagonizaron una gran batalla.

Periodista