El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

La virtuosa ambigüedad

08.12.2017 
A- A+

UNO siente en el alma decepcionar a los reformistas de buena fe que auguran una reforma de la Constitución, igual que hicieron hace un año, dos, cinco, diez, sufriendo siempre severas frustraciones. Hay que reconocerles en todo caso una moral que supera en mucho a la que tenían los seguidores del Alcoyano. No se ilusionen. Unas semanas antes y después de los festejos del 6 de diciembre casi reina la unanimidad en torno a la acuciante necesidad de modificar el texto fundacional de nuestra democracia. Nadie discrepa. No hay declaración política o análisis erudito que no se sume al clamor en pro de un nuevo debate constitucional. Nadie opina lo contrario, o si lo piensa se lo calla para no sufrir el ostracismo que sufre la gente rara.

Pero pasará la euforia y empezarán a aparecer los inconvenientes que básicamente son los mismos que se plantearon hace un año, dos, cinco o diez. La pereza y el miedo se aliarán para ir demorando la asignatura pendiente y llegar a las proximidades del 6 de diciembre de 2018, que será cuando la reforma de la Constitución cobre una vibrante actualidad. Es decir, que la cosa se ha convertido en un rito. ¿Por qué pereza y miedo? Porque una reforma profunda requiere un trabajo ímprobo que además no se podrá hacer de la misma manera que se hizo durante la transición, o sea sin que la cocina esté a la vista. Admitamos que una cierta falta de transparencia, o si se quiere una buena dosis de discreción, fue una de las causas que propiciaron aquel éxito indiscutible. ¿Sería posible ahora?

El miedo no solo viene dado por la posibilidad de que la experiencia reformista logre menos consenso que entonces, sino también por los desgarros que puede producir en algunos partidos. ¿Ansían las misma reforma Mique Iceta y Susana Díaz, Carolina Bescansa y Pablo Iglesias, Luis Villares y Anova, Feijóo y el líder de PP vasco que defiende el cupo opaco? Hay un predebate que debe producirse en el interior de las organizaciones políticas. Sería suicida abrir una reforma con dos, tres, cuatro o cinco posiciones distintas en cada partido. Quizá esa heterogeneidad interna explica que haya líderes que repiten una y otra vez que es urgente reformar sin aclarar nunca el qué. No pueden hacerlo sin ver peligrar su liderazgo.

Curiosamente, esos mismos reformistas que se andan con pies de plomo dentro de casa, piden de forma ostentórea que la Constitución salga de la ambigüedad en temas vidriosos. Al igual que un exceso de transparencia en política puede ser nocivo, la ambigüedad de una Constitución no tiene por qué ser un defecto. Si queremos que todos los españoles se sientan a gusto con ella es indispensable dejar un margen a los claroscuros, o lo que es lo mismo, acometer una reforma llena de galleguidad. De lo contrario, retornaríamos a la poco edificante historia del constitucionalismo español anterior al 78, plagado de textos efímeros y partidistas. En fin. Dentro de un año, la misma cantinela.

Periodista