Lunes 22.12.2008
Hemeroteca web
|
RSS

SIEMPRE he seguido nada más que de refilón las aireadas andanzas del juez Garzón, "experto en procesos de gran resonancia", como lo calificó ayer en estas páginas Carlos Luis Rodríguez. Durante años hemos visto a Garzón en televisión entrando y saliendo de la Audiencia Nacional, cual si fuese el protagonista de un filme con Oscar al mejor actor. La verdad es que no me interesaba el personaje, pues tengo para mí que la discreción en los jueces es virtud inexcusable, algo que no adorna precisamente al lumbrera de marras. Un magistrado tan efectista y escénico me parece carente de categoría, huérfano de auténtica sesera, ligero de equipaje intelectual y, por el contrario, más inclinado a la audacia y a la vanagloria que al rigor y la austeridad. Quizá sea éste un atrevido juicio de valor, pero así es la cosa si así la vemos.
En fin, que al juez Garzón lo tenemos ahora sentado en el banquillo y no, como dice, por perseguir al franquismo, sino por meterse en camisa de once varas, esto es, por inmiscuirse en algo que no le incumbía, en algo en lo que, procesalmente, no era competente, y en todo caso, por querer ignorar la Ley de Amnistía de 1977, que él mismo aplicó en el caso Carrillo relativo a los asesinatos de Paracuellos.
El actual comunismo rampante por todo el mundo, que -cuando le conviene- se viste de nacionalismo o de indigenismo, ha levantado su voz airada al ver a su juez estrella siendo "perseguido por la justicia fascista". ¡Toma castaña, Felipa, que la cosa va de flato! El grupito de palmeros, pancartistas y gritones a las puertas del Tribunal Supremo enteco favor le hacen al procesado, ya que añaden un perfil más a su singular personalidad, que la tiene y muy acusada; ya no me cabe duda. Son los de siempre, con Pilar Bardem y sus titiriteros al frente de la manifestación antifranquista, antifascista y anticapitalista, todo ello callejero o de salón, según se tercie.
Abogado

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado