Lunes 22.12.2008
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Los que vamos a pasar la Semana Santa en casa os saludan. Y para ello, qué mejor que ofrecer una inmersión, no exactamente en el género tenebroso y arrebatado del peplum, que cada año regresa, pero menos, sino en la atmósfera maravillosa y turbulenta de Roma. Seguro que recuerdan ustedes Roma. Esa serie rodada en Cinecittá, de desorbitado presupuesto e irrefrenable gusto por la actuación al límite. Un lujo, ya digo. Y es que Roma es la serie de televisión más cara de la historia, lo cual no es moco de pavo. Llevada a cabo a partes iguales (supongo) por dos monstruos catódicos, HBO y BBC, (¿alguien da más?), introducirse en esta excelsa reproducción de la vida y la muerte en la Roma imperial es, sin duda, algo obligatorio a partir de esta noche. No dirán que no les avisamos. Cuatro estrena hoy los primeros cuatro capítulos, precisamente cuatro, y continuará el viernes y el sábado a buen ritmo, hasta agotar los diez que componen la segunda temporada.
Este retorno a una Roma polvorienta, se produce un día después del asesinato de Julio César. La conspiración arde y sus cenizas nadan en el aire viciado de la gran metrópoli mediterránea. La caída de la República, el fracaso de los políticos del momento que no supieron preservarla, y la llegada del Imperio, será el argumento básico de esta nueva y formidable entrega de la serie. Todo está aquí magníficamente recreado. Pero lo relevante no es el vestuario, la decoración o el ambiente, con ser rabiosamente verosímiles. El gran despliegue actoral y el grupo de sobresalientes directores que se han encargado de los diferentes capítulos: estos son quizás los dos factores que más han contribuido a la genialidad de Roma. Se trata, pues, de un viaje en el tiempo hermosamente maquillado. Pasión y sexo, la carne y la tragedia, el amor y la decepción. He aquí un retorno a uno de los períodos más hirvientes de la historia romana desde sus entrañas, desde sus vísceras, desde las habitaciones de la ambición y el erotismo del poder. Es una de romanos, sí: pero no es una cualquiera. Al César, lo que es del César.

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