Lunes 22.12.2008
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Resumiendo la doctrina de los expertos en estas cosas, puede decirse que la Santa Compaña se compone de individuos (casi siempre gallegos) que se encuentran a mitad de camino. No están vivos ni muertos. La suya es una vida errante entre el más allá y el más acá, que sólo tiene fin cuando dan con un sustituto. Mientras tanto, están condenados a vagar por los caminos del país emitiendo vagas señales.
No hay definición mejor para una parte de la Xunta. De algunos conselleiros sospechamos su existencia por leves indicios no del todo consistentes, parecidos a los que tienen sobre la mesa los expertos en Ovnis. ¿Es un platillo volante aquella sombra que se vislumbra entre los árboles? ¿La silueta que se dibuja en la foto, será humana o extraterrestre? La misma dificultad perceptiva se da con algunos miembros destacados del Gobierno gallego. También ellos prefieren la oscuridad, como las almas en pena. No hacerse notar parece su primera norma de conducta. Que el grado de conocimiento que se tiene de ellos sea muy bajo, no los entristece sino que les levanta la moral. Les encantaría que hubiera una categoría nueva en el Gabinete: el conselleiro secreto de cuya existencia sólo tiene constancia el presidente.
Pasar indvertido, llegar a casa y que la mujer o compañero estén convencidos de que desempeña un rutinario trabajo en alguna oficina, ser el equivalente en política de Amancio Ortega. He ahí el ideal de los que forman la Santa Compaña xunteira que camina errante por el país.
Claro que en la estadea original, los penitentes lo son por obligación y no por gusto. En ésta de la que hablamos, los conselleiros en pena ingresaron voluntariamente, a sabiendas de los sacrificios que el cargo exigía, sin ignorar que la clandestinidad es un lujo que no se puede permitir un gobernante que esté en primera línea.
La línea que separa al político del alto funcionario es tan clara como la que distingue al vivo del difunto. El político toma decisiones y las pone en escena para que un público profano las entienda y, a ser posible, las aplauda. Si no hace una cosa ni la otra, su vocación está equivocada. Por eso da la sensación de que algunos conselleiros sienten envidia de la vida discreta que llevan sus directores generales. En Galicia también hay un Shadow Cabinet como en el Reino Unido, y un Cabinet Fantôme como en Francia, con la particularidad de que no están en la oposición, como sucede en estos dos países, sino gobernando. Sombras y fantasmas pueblan el Ejecutivo de Feijóo, obligando al presidente a multiplicarse en acciones en las que el mandatario debiera ser la última instancia y no la primera. De una Xunta bipartita sin cabeza, estamos pasando a otra sin extremidades. De un Gobierno concebido con consellerías tipo virreinato, nos trasladamos a otro con algunos departamentos invisibles que obligan a preguntarse si la austera reducción decretada por el jefe del Ejecutivo no se habrá quedado incluso corta. En tiempos de Fraga, la figura del conselleiro atemorizado, que se iba achicando con el ejercicio del cargo, tenía su explicación en el carácter volcánico de don Manuel. Feijóo pertenece a otra generación y su estilo es muy diferente, por lo cual hay que concluir que la Santa Compaña se ha infiltrado en su equipo, para abducir a algunos de sus componentes y llevarlos a vagar por la Administración. Ni Pachi ni Guillerme; el problema de don Alberto son las almas en pena, los extraterrestres. CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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