Domingo 12.02.2012
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Aunque parezca raro, recuperemos por unos momentos el viejo principio de superación de las contradicciones, cuyos éxitos más notarios quedaron al descubierto tras caer aquel enorme muro de arcilla ideológica que ocultaba las brutalidades de un régimen totalitario en el que los que discutían y refutaban eran deportados a ciudades ocultas o internados en manicomios; o eliminados por vías más expeditivas.
En realidad, no eran los que disentían y protestaban los causantes de las paradojas (estas existían no fruto de imaginaciones calenturientas o de mentes perversas que maquinaban desastres) provocadas por el sistema. Era el sistema, en sí mismo, el que producía desarmonía y desacoplamientos, pero quienes lo negaban, por razones de conservar el poder, castigaban a quienes lo advertían y constataban.
Ni que decir tiene que el sistema no mejoró por el hecho de eliminar a los discrepantes, y llegó un momento en que éstos eran tantos que la situación se hizo insostenible. Entonces, los guardianes del sistema dieron paso a los reformistas, pero era muy tarde: la descomposición afectaba a la estructuras del sistema, y bastó con un pequeño golpe de martillo para que las vibraciones se multiplicasen socialmente y todo se vinera abajo.
Si por la izquierda, el principio de superación de las contradicciones ha devenido en un estrepitoso fracaso; por la derecha, la aplicación política del principio de la mano invisible ha sido la causante de tremendos conflictos, montones de injusticias sociales y crisis económicas periódicas, de las que una de la más graves es la recesión de 2008-2009: el número de personas en el mundo que pasa hambre supera hoy los 1.000 millones.
De repente, parte de aquellos liberales que predicaban más desregulación, ha interpretado que en algunos momentos se podía "hacer un paréntesis en la economía mercado". Y todo para que ese Estado, al que ellos aspiran a dejarlo vacío, se hiciese cargo de las cuantiosas deudas que trajo consigo tanta alegría desintervencionista. Pero los hay más astutos todavía, que siendo liberales de academia no dudan en aprovecharse de lo público en la práctica. Y de qué manera.
Un ejemplo es el del presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, cuya interpretación de las capacidades taumatúrgicas de la mano invisible es radicalmente contradictoria con sus actos. Mucho antes de la actual crisis, desde 1996, Air Comet es deudora a la Seguridad Social de 16 millones de euros, por impago reiterado de cuotas, incluidas las correspondientes a los trabajadores.
Pese a que las deudas a la Seguridad Social arrancan de 1996, en 2001 la SEPI adjudicó Aerolíneas Argentinas a Air Comet, lo que llevó emparejada una ayuda por parte del Estado de 955 millones de euros, que no fueron destinados a los fines para los que había sido concedido: pago de deudas, entre ellas la que tenía con la Seguridad Social, renovación de la flota de aviones y ampliación de capital. Más reciente, Caja Madrid, de la que el señor Díaz Ferrán es consejero, le concedió a Comet un crédito de 26,5 millones de euros, que no ha devuelto, y entre cuyas garantías figura un paquete de acciones de Marsans, pignorado antes a favor de Banesto.
Y este señor tan liberal es el máximo representante de la CEOE en el diálogo social. Una contradicción más, e indigerible.
LPOUSA@ELCORREOGALLEGO.ES

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