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Lunes 22.12.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

[Noticia 1 de 1] Opinión » Firmas

JOSÉ LUIS BOUZA ÁLVAREZ CATEDRÁTICO DE ARTE

el análisis

La corrección política

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Llamo "corrección política" o "social", al imperialismo que ejerce una visión determinada sobre el conjunto de los modos de ver de una sociedad en cuyo nombre se silencia y descalifica cualquier otra forma de visión no ya como equivocada en relación a un cierto punto de vista sino como hostil a la sociedad en conjunto. Las sociedades se dividen entre aquellas que torturan, encarcelan y asesinan a los incorrectos, sobre todo políticamente, y aquellas más civilizadas que sólo suelen avergonzarles, con situaciones intermedias en países intermedios. La corrección política se encuadra en lo que se suele llamar "ideología" y el antropólogo "mitología" de la sociedad en un determinado momento. El pensamiento correcto responde al irracionalismo frecuentemente dominante en la conducta de la especie y a la necesidad de aceptación, seguridad, certeza y sentimiento de pertenencia que sólo proporciona la aculturación a la peculiar bandada animal que es la sociedad humana, donde por conformismo social se puede dar el beneplácito a cualquier eslogan dominante bien publicitado, sea ayudar a un ciego a cruzar la calle, sea deshacerse a golpes de un grupo étnico o cultural incorrecto. El inconformista ante el imperio de lo establecido es un tesoro. La corrección se encuentra en todas partes. Podría poner cien mil ejemplos, pero sólo pondré uno: no hace mucho un escritor llamado Enrique Lynch escribió un artículo muy ponderado en el periódico El País con una cierta sorna hacia un eslogan de género. Haciendo honor a su apellido fue literalmente linchado en los días siguientes por gran número de lectores y sobre todo de lectoras del periódico, que tuvo la gentileza de permitirle al menos protestar. En procesos inquisitoriales y despotismos se llegaba a fingir que lo socialmente incorrecto había sido asumido en forma de autoacusación por el individuo arrepentido y avergonzado por su divergencia culposa, de modo que la desviación de la norma apareciese como algo inconcebible para cualquier individuo en su sano juicio, como una enajenación transitoria del espíritu por la que se pedía perdón y se comprendía la necesidad de castigo.

Nada más repugnante que la corrección política, que sustituye en espíritus simplistas el debate racional por conclusiones consagradas de antemano como finales, absolutas y sagradas, incluso si, como en este caso, el peligroso disidente sólo recibe el modesto castigo verbal de unos hombres y mujeres al borde de un ataque de nervios.

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