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Jueves 13.11.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

[Noticia 1 de 1] Opinión » Firmas

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Cortinas de humo

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LAS estadísticas son elocuentes. Está bajando el número de accidentes de tráfico y la mortandad en carretera. El ministro Rubalcaba mostraba ufano unas cifras que baten récords de seguridad no alcanzados desde el lejano 1962. ¿Qué fue lo que cambió la tendencia? ¿Qué factores influyeron en un cambio tan drástico? Algunos podrían apuntar a las mejoras en infraestructuras, o la mayor seguridad de los vehículos.

Sin embargo tales mejoras y seguridades existían ya hace pocos años, sin que repercutieran en los balances luctuosos. La experiencia demuestra que unas buenas carreteras y unos coches con una mecánica perfecta no aseguran menos accidentes. El conductor con instintos homicidas no deja de serlo por llevar un automóvil seguro o viajar por vías bien trazadas. Como a todos los delincuentes, sólo lo disuade el castigo.

Así lo demuestra el incuestionable éxito obtenido por Rubalcaba y Navarro. Porque el holocausto del tráfico empieza a reducirse cuando se incrementan las medidas punitivas. De poco sirvieron las campañas de concienciación que apelaban al buen sentido del automovilista. Los sensatos no las necesitaban para conducir con precaución, y los maleantes del volante eran impermeables a esos mensajes. Sólo cambiaron las cosas cuando se puso en marcha un riguroso aparato sancionador y se trató al infractor como a un delincuente.

No es difícil establecer un paralelismo con los incendios. ¿Podría un cambio de la mentalidad territorial del país, una mayor labor preventiva, una ordenación más racional del monte, impedir que un pirómano actuase? No. El incendiario y el automovilista desaprensivo pertenecen a la misma estirpe. Sólo reaccionan ante el endurecimiento de la ley, la presión policial y también el repudio manifiesto de la sociedad.

Subrayemos este último aspecto. Durante mucho tiempo, estos individuos se beneficiaron de una transigencia social que los ubicaba en una especie de limbo. El uso del término accidente para designar percances de tráfico que tienen poco de accidental es una reminiscencia de esta actitud permisiva. Lo mismo ocurre con nuestros incendiarios, considerados hace años como una especie de justicieros, y que ahora aún son vistos como gamberros en círculos cada vez más minoritarios.

¿Cuál es la conclusión? Qué haríamos bien en aprender la l­ección que aprendió la DGT. Fue un error pensar que los accidentes iban a desaparecer una vez que España estuviera tapizada de autopistas y autovías. También se equivocaron los que creyeron en el efecto de campañas dirigidas al sentimiento. Hasta que apareció la mano dura de Rubalcaba, las estadísticas postvacacionales fueron una losa.

Con los incendios sucede lo mismo. La reordenación territorial es una asignatura que hay que aprobar, pero no la causa de los incendios. Eso es lo que quiere el pirómano que creamos.

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