Domingo 07.02.2010
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El ser humano no es un bicho más en el gran abanico de las especies. La persona humana es un ser racional, sociable, moral y abierto a la trascendencia, valores todos ellos que se adquieren en su plenitud al llegar a la edad adulta, después de un progresivo desarrollo desde el momento mismo de la concepción. Como personas humanas, somos herederos de todo el pasado y responsables de todo el futuro. Nuestra cultura, que llamamos occidental, se inspira en el humanismo grecolatino vivificado por la religión bíblico-cristiana, de la que se deriva que todos los hombres somos iguales, libres y hechos a imagen de Dios.
Existen, pues, en el mundo occidental una serie de valores que van más allá -y están por encima- del mero interés general, que viene determinado por el derecho y la política, el consenso o la mayoría democrática coyuntural. Nos referimos al bien común. Es como si fueran dos círculos concéntricos: el del interior, que es el del interés general, respondería al acuerdo sobre lo posible, lo inmediato, lo que deciden libremente los gobernantes; el del exterior, en que se sitúa el bien común, responde al ámbito de la búsqueda de la verdad, lo que es inmutable, que deviene del pensamiento filosófico y teológico y que se sintetiza en el decálogo mosaico.
Lo ideal es que en las leyes coincidan tanto el interés general como el bien común, y por ello se utilizan indistintamente estas dos expresiones. Pero en algunos casos, el primero, aun siendo legal, puede atentar contra los principios del segundo. Las mayorías no siempre son concordes con la verdad. Es lo que sucede con la denominada pomposamente Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, más conocida como Ley del Aborto, que será legal, pero contraviene el precepto superior de "no matarás". Volveremos sobre la cuestión.

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