Sábado 20.03.2010
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La misma celebración del debate franciscano de ayer, es ya un éxito de uno de los contendientes. Tanto para Touriño como para Feijóo se trataba de un compromiso que de buena gana hubieran evitado porque rompe el guión bipartidista que conviene a sus partidos. Todo lo que sea distraer la atención del duelo que libran sus jefes respectivos, seguro que los incomoda.
El gran beneficiario es quien tiene dificultades para hacerse oír en una campaña planteada a dúo. Anxo Quintana necesitaba un resquicio, era como el espontáneo que espera su oportunidad para saltar a la plaza y demostrar su valía entre el respetable, antes de que los maestros del cartel monopolicen de nuevo el ruedo.
Lo consiguió valiéndose de la habilidad que le ha permitido ganar tantos políticos o parlamentarios en otras ocasiones. El líder del BNG carece de poder para imponer un debate de este tipo, en el que no participa nadie que se presente a estas elecciones, pero sabe que oponerse a él tiene un coste que ni socialistas ni populares quieren abonar. Resultado: el debate se celebra.
Su objetivo era romper el mano a mano entre las dos grandes fuerzas, y en gran medida lo logró. Seguramente que sin su presencia en el estupendo plató montado por la tele gallega, Touriño y Feijóo se hubiesen apartado muy poco de las argumentaciones que escuchamos, en castellano, en boca de Zapatero y Rajoy. Quintana mete su propia agenda en la discusión, con la ayuda de una cualidad que demostró en otras ocasiones: dejar la vicepresidencia en el ropero y actuar como líder de partido.
Ese fue precisamente el problema de Touriño. Suyo era el papel más difícil en el torneo porque siempre lo es representar a la formación que está en el Gobierno, frente a un socio y una oposición con plena capacidad para criticar y pedir más. Aunque era el nacionalista quien llegaba un poco lesionado a la cita, fue don Emilio el que tuvo que jugar a la pata coja.
Pero es que a ese hándicap le añadió el secretario general del PSdeG el sentarse investido de su rol presidencial, con lo que eso supone de prudencia, mesura y moderación, virtudes todas ellas que se transforman en lastres en un debate como el de ayer. Ni Quintana ni Feijóo sufrieron ese peso de la responsabilidad, lo cual hizo posible que en algunas fases de la contienda se convirtiesen en protagonistas, ante un presidente que suplantaba al moderador.
Si el más beneficiado por la celebración de este atípico debate era Quintana, y el más perjudicado Touriño, a Feijóo se le ofrecía la posibilidad de vender una imagen fiel a Rajoy, pero con su propio estilo. También lo consiguió. Con su aire innovador y su lenguaje fresco, don Alberto es la antítesis de su jefe de filas. Dijo lo que él dice pero como Sinatra, a su manera.
Gracias a la citada prudencia del socialista, el dirigente del PPdeG sale indemne del compromiso que hubiera supuesto contrastar su confesado galleguismo con el mensaje que inspira parte de la campaña de don Mariano. Por méritos propios y moderaciones ajenas, el diestro (nunca mejor dicho) sale del convento con varias orejas.
El otro triunfador de la noche es quien supo forzar una corrida no programada en los festejos electorales, colarse en el cartel, hacer su propia faena y poner Galicia sobre el tapete, algo que por cierto no logran sus candidatos. El último apunte lo merece la TVG, que ofreció un formato de debate que debiera copiar tanto ampuloso académico de la televisión que anda por Madrid.
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