El Correo Gallego

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Leña al mono, que es de goma

DEMETRIO PELÁEZ

Adictos al Manual del Laico Plasta

14.01.2018 
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En este santo país tenemos que aguantar constantemente a ciertos colectivos seudoprogres que disfrutan poniendo a parir un sinfín de tradiciones, al menos si tienen tufillo español. Los susodichos son fácilmente reconocibles por sus palabras y hechos. Tienden a flipar mucho con las peregrinaciones a La Meca, nunca se olvidan de saludar a sus "hermanos musulmanes" cuando se sumergen en rutinas tan peculiares como El Ramadán y no suelen ocultar su fascinación por el rollito budista, los ceremoniales funerarios con aromas asiáticos y los rituales con velitas en las laderas del Tíbet.

Por contra, desprecian las procesiones de Semana Santa, intentan transformar las navidades en unas fiestas desprovistas de todo poso cristiano, tienden a ridiculizar a los carcamales que respetan la Cuaresma o la vigilia y consideran a los peregrinos jacobeos como una especie de plaga invasora. La Meca y el Ramadán, en suma, molan más.

Por supuesto, también aprovechan para atacar de forma inmisericorde a quienes osan preguntar qué puñetas pintan una drag queen o una carroza de garotas brasileiras en una cabalgata de Reyes, aunque a buen seguro pondrían el grito en el cielo si a algún líder musulmán aperturista y graciosillo le diese por leer el Corán a ritmo de rap. Y es que una cosa es provocar con gilipolleces a los anticuados cristianos y otra bien diferente faltar el respeto a los jefazos espirituales de otras creencias religiosas.

Por fortuna, el infantilismo ridículo es una enfernedad que se suele curar con el tiempo, y además está demostrado que los síntomas desaparecen con mucha mayor rapidez si los afectados por dicho mal son elegidos para desempeñar algún cargo público en el ruedo político. Una prueba sobre esta progresión desde el infantilismo más patatero y tontorrón hacia una cierta sensatez, aunque tampoco se le pueden pedir peras al olmo, la tenemos, sin ir más lejos, en Santiago. Las recién concluidas fiestas navideñas fueron, de hecho, de lo más normalitas, en el sentido de que apenas hubo empeño alguno en sacar los pies del tiesto con ideas propias de iluminados con ansias de figurar ni en mostrar conductas transgresoras a través de unas celebraciones que no tienen más objeto que conmemorar el nacimiento de Cristo.

El caso es que, tras dos navidades en las que Martiño y sus apóstoles se empeñaron a toda costa en sembrar polémica, en hacerse notar y en demostrar con persistencia enfermiza que se saben a la perfección el Manual del Laico Plasta, este año debieron caer en la cuenta de que las tradiciones tienen un peso importantísimo en cualquier sociedad y que despreciarlas significa ningunear también a un alto porcentaje de la población, con el consiguiente peligro de perder cuantiosos votos incluso entre las faunas a las que Jesús y toda su parentela les dan repelús.

¿Cuál ha sido el resultado de este lento viaje hacia el carca tradicionalismo? Que las luces festivas se encendieron nada más arrancar diciembre y no, como en los pasados años, casi en vísperas de Nochebuena; que el nivel de las mismas fue potable, frente al cutrerío insoportable que tuvimos que sufrir en 2016, y que la cabalgata de Reyes fue lo que tuvo que ser, aunque a buen seguro muchos mareantes de la vida se tiraron de los pelos al comprobar que todas las carrozas y pasos se ceñían al guión normal de este festejo y dejaban de lado, porque no venía a cuento, la denuncia de cuestiones tales como la muerte de focas a causa del calentamiento global o la supuesta marginación de las drag queen.

Las historias o cuentos hermosos jamás deberían ser pervertidos con las aportaciones de guionistas desquiciados, torpes y faltos de talento, y el nacimiento de Jesús -da igual si lo ves con ojos de cristiano, ateo o mediopensionista- tiene todos los elementos precisos para conformar una narración digna de premio literario. No necesita de ningún aderezo y aún menos de los interesados e insípidos salpimentonados de quienes quieren alcanzar, por la cara, el grado de frailes laicos sin haber ejercido jamás como cocineros.

Dicha narración desvela, además, hechos históricos de gran interés, como la puesta en marcha de los primeros censos poblaciones en un imperio, el romano, que deseaba a toda costa tener un control total sobre sus ciudadanos con el objetivo de que nadie se escaquease de obligaciones tales como pagar tributos o colaborar con el ejército.

En ese contexto se produjo precisamente el nacimiento de Jesús, pues, como narran los Evangelios, el viaje que emprendieron José y la embarazadísima María desde Galilea a Belén no tuvo más motivo que cumplir las órdenes contempladas en un decreto de César Augusto para que todos los ciudadanos romanos se empadronasen en su ciudad de referencia. Se trata, en suma, de un relato apasionante que explica, además, cuándo, cómo y por qué se crearon ciertos modelos de organización administrativa -los censos- que constituyeron la base de las sociedades modernas en cuanto a tributación, obligaciones y derechos, nacionalidad, etc...

Y bien, ¿qué pintan las drag queens, las carrozas de samba, las focas del deshielo y el rollito carnavalero en toda esta historia? Pregúntenle a los mareantes de turno. Por algo son verdaderos expertos en transformar los nacimientos en paridas.