Lunes 22.12.2008
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Parece de sentido común -pero alguien dijo que ese es el menos común de los sentidos- que sean los padres, la familia, los primeros llamados a educar y enseñar. Claro está que no todos los padres pueden enseñar Medicina, Ingeniería o Derecho, por poner un ejemplo también de sentido común, y además tienen otras muchas cosas que hacer. Pero sí son los padres quienes educan, en sentido amplio, y además enseñan la base de la que luego se servirán los hijos para comportarse como ciudadanos, seguir con provecho unos estudios superiores, aprender un oficio, etcétera.
Lo básico, lo que integra una educación humana y sirve para actuar en la sociedad en la que toque a cada cual vivir según época y país, se aprende en la familia. Hay quienes estarían dispuestos a admitir el derecho a educar de los padres cuando se trata de niños muy pequeños, pero atribuyen al Estado una exclusiva que recuerda los postulados nazis y leninistas, por seguir poniendo ejemplos. Hace bastantes años, con ocasión de una visita al Reino Unido para estudiar en vivo lo que yo llamaba el sistema británico de enseñanza -por el contrario, los ingleses decían que no había un sistema británico de enseñanza, porque eran partidarios de la más amplia libertad-, tuve ocasión de dialogar con profesores y alumnos de publics schools, comprehensive schools, universidades estatales, entonces muy nuevas, y las tradicionales y siempre admiradas Oxford y Cambrigde. Cuando pregunté al secretario de estado de Educación, Lord Belstad, cómo controlaban que las escuelas y universidades no estatales utilizaban bien los recursos que el Estado les asignaba, me contestó diciendo que era su problema, el de esas entidades, porque a mayor calidad, más subvenciones.

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