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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Los Diana y Gabriel del futuro

14.03.2018 
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UN partidario de derogar la prisión permanente revisable aclaraba estos días que su postura se debía a la defensa de los valores humanos. El asesinato ya confesado del pequeño Gabriel sitúa en una posición incómoda a quienes se empeñan en abolir esta pena y es lógico que busquen como sea escapatorias argumentales, pero ésta en concreto es maniquea. Tanto como otra, expresada tras esclarecerse el crimen de Diana Quer, que asociaba ese castigo con el ansia de venganza. Así que de un lado estarían los civilizados y de otro quienes quieren retroceder a la ley del Talión. Muy ilustrativo; muy falso.

Los defensores de un código menos duro con los criminales se inspirarán seguramente en unos valores, pero los demás también. Ellos no tienen la exclusiva del humanismo ni de la defensa de la reinserción. Simplemente los interpretan de otra forma. En consecuencia esa defensa de sus posiciones es sesgada y recurre al viejo truco de caricaturizar al adversario para presentarlo como lo que no es. Digamos entre paréntesis que la ley del Talión fue en su tiempo un avance formidable al limitar drásticamente la venganza indiscriminada y fijar una pena idéntica al daño causado. Hablamos del siglo XVIII antes de Cristo. Hay valores humanos en la prisión permanente revisable. Ocurre que se hace más hincapié en los de las víctimas potenciales que en los que protegen al asesino. Esta pena que figura en numerosas normativas de países intachablemente democráticos parte de una duda y una respuesta. La duda es si todos los criminales son reinsertables, si todos son capaces de depurar en prisión sus conductas y retornar a la sociedad para convivir con la gente. La respuesta es que no. Lejos de esos malabarismos engañosos con los valores, lo que han de responder los abolicionistas es si la reinserción de un asesino es tan factible como la de un ladrón, un defraudador o incluso como la de un homicida.

Basta con que la duda exista para mantener la prisión permanente revisable. Revisable, hagamos hincapié en esta fundamental diferencia con la cadena perpetua. No es una cuestión de venganza tribal como argumentan algunos bien pensantes, sino una medida de protección de la sociedad. ¿Por qué tendría que asumir la sociedad los riesgos de una reinserción dudosa? Sería tanto como usarla de laboratorio social. La carta del presunto asesino de Diana Quer en la que tranquiliza a sus allegados diciéndoles que en siete años estará en la calle, es aterradora. ¿Cuántos de los que enarbolan unos mal entendidos derechos humanos estarían tranquilos teniéndolo como vecino? ¿Cuántos verían con naturalidad que la asesina confesa de Gabriel se reinsertara en las cercanías de un colegio?

Admitamos que los partidarios de suprimir este castigo están animados por una serie de valores. Sin embargo quizá estén siendo también rehenes de un prejuicio ideológico que asocia el endurecimiento de las penas con el conservadurismo y la lenidad con el progresismo. No hay tal cosa. El sentido común dice que la defensa de los Gabriel y Diana del futuro no tiene color político.

Periodista