Martes 17.06.2008
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No es usual, al menos en mi caso, que escriba en primera persona. Pero permítanme los lectores decir que yo también me siento solidariamente afectado porque el amigo Roberto Blanco Valdés sea objeto de una peligrosísima y ya larga campaña de intimidación y acoso a base de pólvora y estruendo por quienes, al parecer, están en abierto y deflagrante desacuerdo con las posiciones políticas que mantiene como docente universitario, autor de libros de derecho y comentarista en diversos medios de comunicación. En definitiva, como intelectual, pues en él es evidente su dedicación plena al estudio y a la reflexión crítica sobre la realidad.
Soy solidario con Roberto Blanco no sólo porque le conozca desde hace muchos años, tengamos amigos comunes y coincidamos de vez en cuando en algún acto, sino porque ambos compartimos los valores inherentes a la democracia, y defendemos que los ciudadanos sean libres y políticamente iguales y, por tanto, lo mismo vale el voto de un repartidor de butano que el del presidente del consejo de administración de Repsol.
Pero mostrar mi solidaridad con Blanco Valdés y mi profundo rechazo a sus agresores y al acto de agredir en sí mismo, no me obliga a mí a renunciar a hacer análisis y mantener puntos de vista no coincidentes con los suyos, ni a dejar de discrepar con muchas de las posturas que él impulsa y defiende. Porque yo discrepo de muchas cosas, incluso no tengo nada claro que sea progresista como él dice que aún es. Sí estoy de acuerdo, en cambio, en que hubo un tiempo, ya cada vez más alejado, en el que Roberto Blanco Valdés era de izquierdas y progresista.
En todo caso es obvio que su visión de la realidad ha cambiado y quizá siga cambiando en el transcurso de su tiempo vital. Pero lo que me interesa resaltar aquí y ahora es que tiene todo el derecho del mundo a hacer lo que hace; desde su perspectiva personal, él decide por él. Faltaría más.
Por eso, porque cada uno tiene derecho a elegir y manifestar sus opiniones, obviamente guardando el máximo respeto hacia los que no las comparten, resulta inaceptable que algunos hayan aprovechado tan bárbara e infeliz circunstancia para arremeter contra aquellos que mantienen posiciones distintas a las que suele sustentar Roberto Blanco o, más claro todavía, son críticos con algunas decisiones del Gobierno gallego.
Intentar establecer un nexo cómplice entre la bomba utilizada contra aquél y la palabra de quienes se manifiestan en contra del modelo lingüístico que propone la Consellería de Educación o piden la dimisión del conselleiro de Cultura por unas declaraciones suyas muy desafortunadas, es, además de una maldad que bordea los delitos de injuria y calumnia, una perversidad política y moral, contraria a los más elementales derechos de la persona; propia de inquisidores y partidarios de los regímenes totalitarios.
¿Cómo se entiende que algunos de los que dicen defender el derecho inalienable de Roberto Blanco Valdés a ejercer la crítica, lo utilicen a él políticamente para intentar deslegitimar y amordazar a quienes también tienen el mismo derecho inalienable que Blanco a ejercer la crítica desde ángulos distintos al de éste, y a que por ello no se les confundan con quienes apelan a la violencia para imponer sus ideas? Resulta indignante.
Yo, en solidaridad con Blanco, discrepo.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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