Viernes 06.03.2009
Hemeroteca web
|
RSS
SE ha dicho con razón que la emigración funcionó como la válvula de escape de una sociedad desesperada. En las épocas más duras de nuestra historia, cuando la idea del Estado del bienestar era una fantasía, la diáspora fue el único recurso. Galicia sen homes queda que che poidan traballar, y en esa hemorragia humana se van los mejores brazos, las mejores cabezas y los mejores corazones.
Los datos que nos acaba de dar el Instituto Galego de Estatística hablan de un refugio nuevo que ha venido a sustituir al éxodo a las Américas o la Europa industrial. Es como una emigración hacia dentro que prolonga la dependencia de miles de jóvenes. El hogar paterno sustituye a Buenos Aires, La Habana o Zúrich. El gallego que antes se iba con la maleta de madera, ahora se atrinchera en su habitación de niño, en un obligado complejo de Peter Pan.
No es una minoría. A finales de 2008, sólo el 10% de los gallegos comprendidos entre los 18 y los 24 vivían a su aire, y hay razones para pensar que ese porcentaje no se ha incrementado. Nace un nuevo tipo de individuo que ni es un huésped ni un menor sometido a la patria potestad. De la gran familia patriarcal de las aldeas de donde salía la fuerza emigrante se pasa a la nuclear y se llega finalmente a ésta, con unas características todavía pendientes de definir por los sociólogos.
Los mismos niños que descubrieron con pena que los Reyes son los padres, se encuentran de mayores con que el Estado tampoco existe, sino que vuelven a ser papá y mamá. Tanto la Barbie y el Madelman, como la comida y el techo, están proporcionados por la familia, la misma que algunas ideologías consideran como una institución resesa, difícil de encajar en el mundo laico.
Muchos siempre pensaron que endosarles a Gaspar, Melchor y Baltasar el mérito de los regalos era injusto con los padres, por mucha ilusión que hiciera la historia. No cometamos la misma ingratitud ahora, y admitamos que los mecanismos de la Galicia del bienestar se derrumbarían estrepitosamente sin la colaboración altruista de esos millares de padres desconocidos, que merecen más que nadie en esta tierra cualquiera de las medallas que se reparten a granel.
Pero no sólo la conselleira Beatriz Mato depende de esos cooperantes gratuitos. También hay una parte de nuestra economía que sólo puede sobrevivir con ese plus que aportan las familias-refugio. Porque todo el mundo sabe que determinados sectores basados en el empleo precario de chavales precisan de esos padres que complementan con la casa y la comida las retribuciones precarias.
Lo bueno del caso es que estamos ante una sociedad y una economía sumergidas. Los padres gallegos que aguantan sobre sus hombros esta situación no se manifiestan, no reclaman nada y no se les ocurre declararse insumisos. Sólo alguna estadística reconoce de vez en cuando su entrega. El Estado son ellos.

Mensaje a los cabestros: "Así, no"
Pintada ‘sobre mojado’ en Compostela
Ensucian la imagen de un lugar turístico
Una cabina destrozada para Negreira