TOMO PRESTADO el título al maestro Gamoneda para ilustrar el frío que se cierne sobre nosotros, sobre los vivos y sobre los muertos. Es aquella cortina de nieve cayendo sobre Dublín, es lo que Gabriel Conroy veía a través de la ventana, es la noche de boca de lobo, el aliento frío, la noche del futuro oscuro, la noche de la parálisis. Pienso más con la película de John Huston en la memoria: su testamento y mi alegría. Una película cargada del fuego de las entrañas y del frío de la existencia. Ah, pero eso es lo que sale ahora en los telediarios. Lo anuncia el hombre del tiempo, Martín Barreiro, un chico de aquí. Y los otros. Nunca la información del tiempo tuvo tantos seguidores. La nieve que cae nos incomoda, y la que no cae, mucho más. Yo ruego por ella. Porque caiga. Pero yo la llevo atrapada en la memoria de mi infancia: es cuento largo que cada invierno vengo a relatar. Hoy me conformaré con hablar del frío seco y negro, el frío de Siberia que nos azota con un látigo de plata al amanecer. Me sorprende tanto frío, con la información ardiente que nos consume, con tantas hogueras y tantas vanidades. Me sorprende el frío con la realidad inflamada del dolor de la crisis, de tantas cosas domésticas, de los muertos absurdos de Egipto, por el fútbol. Me sorprende este frío que nos guillotina antes de salir el sol, pues el personal anda sin cabeza por las avenidas, embozado hasta lo más profundo de sus pensamientos. Es un frío sociológico, el frío que nos dejan las listas de parados, la mortaja invernal de las previsiones de déficit. En lo más crudo del invierno. En lo más crudo del infierno. Todo el terror de la parálisis, como en aquel Dublin, cae en forma de helada negra sobre la piel de Europa. Hay un aire glacial en el ambiente, un silencio blanco, y una escarcha de tristeza cubriendo el rostro de cada madrugada. Frío que sólo hace sonreír a la Gioconda, ahora que tenemos una.