El Correo Gallego

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PILAR CERNUDA

Encubrimiento

03.01.2018 
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EL Chicle es una mala bestia, pero su mujer no le anda muy a la zaga. Durante dieciséis meses, dieciséis, ha encubierto a su marido -¿se debe decir presunto cuando ha confesado que mató a Diana Quer?- , le ha dado una coartada cuando desde el primer momento la Policía dirigió hacia él sus sospechas.

No le importó que pudiera repetir su delito con otras mujeres indefensas, como efectivamente intentó, ni le importó que tuviera antecedentes de abusos sexuales dentro incluso de su propia familia. Tampoco sus sentimientos se ablandaron ante el hecho de tener una hija adolescente, ni que el marido hubiera sido condenado por tráfico de drogas. Le encubrió, y no valen argumentos sentimentales, económicos o sociales que excusen la actitud de la mujer. El Chicle es una mala bestia, pero ella no le anda muy a la zaga.

La Guardia Civil, que ha trabajado con la eficacia que es ya una de sus señas de identidad, se encontró con un muro cuando señaló a José Enrique Abuín en sus investigaciones. Los indicios eran abrumadores, pero el testimonio de su mujer impedía llevar pruebas contundentes ante el juez y, afortunadamente, la Justicia en este país funciona con pruebas, no con indicios. Solo los últimos días las hubo, y ella confesó al encontrarse acorralada. No tiene mérito esa confesión. Calló durante dieciséis meses, dieciséis meses en los que pudo aliviar la angustia de una familia absolutamente destrozada no solo por la pérdida de una hija, de una hermana, sino por no saber qué había sido de ella. Su madre incluso no perdía la esperanza de encontrarla viva, una anímica tabla de salvación que no era tal: con el paso de los días se hacía muy evidente que Diana había perdido la vida. Y no en un a­ccidente.

Dice ahora Abuín -probablemente por consejo de su abogado- que la atropelló al dar marcha atrás con su coche sin querer, que cayó malamente, que todo se puso en su contra. Si fuera así, su argumento se viene abajo con la ocultación de los hechos, las negativas que dio a la Guardia Civil cuando fue interrogado, y la exigencia o petición a su mujer de que le facilitara una coartada. Nadie puede creer sus patrañas. Ni siquiera su mujer, que encubrió la muerte de Diana, que fue capaz de vivir como si nada a poca distancia de donde se encontraba el cadáver de la víctima de su marido. Probablemente permanecía impasible ante la televisión, permanecían los dos, ante las súplicas desgarradoras de los padres y la hermana de Diana pidiendo que alguien facilitara datos sobre su paradero.

Se entiende que toda España esté conmocionada, aunque desgraciadamente no es Diana Quer la única joven desaparecida. Pero pocas veces se ha visto tanta maldad como la que han protagonizado Abuín y su mujer. Merecen la más dura de las condenas que reserve la ley para los criminales y sus cómplices.

Periodista