Lunes 22.12.2008
Hemeroteca web
|
RSS

Con el permiso del amigo y maestro Luis Pousa, uno va a aprovechar su analogía bélica para describir la disyuntiva en la que se encuentra el asunto de las cajas. Aunque él la centraba en Irak, nosotros la situaremos en Afganistán, teniendo como eje del paralelismo, la decisión del celebrado premio Nobel de la Paz de enviar treinta mil soldados más a la guerra.
Barack Obama se ha topado con la misma encrucijada que abrumó a otros muchos líderes metidos en una contienda. Parar, retirarse a tiempo y aminorar las consecuencias del revés, o por el contrario subir la apuesta con la esperanza de una victoria final. Vietnam es el caso más claro de una situación similar, pero sobran ejemplos en la historia, sin que sea posible sacar una conclusión definitiva e irrefutable. El no de Caixanova es un mal trago para la Xunta. Un tropiezo previsible antes del inicio de las hostilidades. Bastaba tomar el pulso de sus directivos, repasar la ley de cajas vigente en Galicia, y atender a las elocuentes palabras de José Blanco en su conferencia compostelana, para saber que enfrente no había un desharrapado grupo guerrillero sino algo más potente.
Lo de menos son los móviles de la coalición antifusionista. Sin duda existe una mezcla de localismo, un deseo de impedir que Feijóo obtenga una victoria más, un designio del Banco de España, y también desde luego el sincero convencimiento de algunos de que el matrimonio de las dos cajas es malo para ellas y nocivo para la economía gallega en general.
Contra eso, el Gobierno gallego articula un amplio consenso de organizaciones sociales, políticas y empresariales que tiene una virtud y un problema. La virtud es dar a entender que la idea de que hay que fusionar las cajas, no es un capricho presidencial, sino que goza de un respaldo notable en la sociedad. El problema es que ni Fontenla, ni Guillerme Vázquez, ni Seixo, ni los demás, tienen voz ni voto en el consejo o la asamblea de Caixanova.
El final de esta parte de la contienda estaba escrito de antemano, pero ahora llega esa segunda fase en la que Raxoi y la Casa Blanca se parecen horrores. ¿Enviamos treinta mil soldados más al frente? ¿Vetamos la SIP, mientras una fuerza aerotransportada en una ley de cajas, entra en los órganos decisorios de las entidades?
La endiablada regulación cajera hace que la pugna pueda prolongarse. La misma legitimidad que tiene Caixanova para rechazar la fusión, la posee ahora la Xunta para rechazar la SIP, o dejar que se pudra durante meses, mientras el mapa español de cajas se reordena. Ni Feijóo puede obligar a Gayoso a fusionarse, ni Gayoso forzar a Feijóo a que respalde su solución.
La tesitura recuerda aquello que los estrategas de la guerra fría llamaban MAD (Mutual Assured Destruction), y que en definitiva consistía en que ambos bandos podían liquidarse mutuamente. Como se sabe, mad también significa chiflado. En nuestro caso, tanto la Xunta como las cajas sufrirían un serio desgaste.
Igual que le ocurre a Obama con su papeleta afgana, Feijóo tiene ante sí la duda de si una escalada con veto a las SIP (habría dos, la de Méndez y la de Gayoso) y una nueva ley de cajas, le permitiría obtener finalmente el objetivo, o simplemente haría que la buena marcha de su Gobierno se empantanara en una guerra de difícil salida. ¿Se podría mantener sine die este consenso de las fuerzas políticas, sindicales y sociales? Hay razones para meditarlo.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado