Martes 17.06.2008
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Que el Papa venga a Santiago, en este Año Santo, a dar ejemplo de fe y de esperanza, es un motivo de alegría para muchos, incluso para no pocos que no pueden o no quieren vivir esa fe y, sin embargo, agradecen el gesto del Papa, con tan pesada carga sobre sus hombros y una edad que no es favorable para los viajes. Su antecesor, Juan Pablo II, nos dijo ante la tumba del Apóstol, y se lo gritó a Europa, que debía volver a ser ella misma. Europa, con raíces innegablemente cristianas, que, maliciosa y belicosamente,se empeñan en negar algunos políticos que se manifiestan ateos o se dicen indiferentes, pero no lo son, sino militantes de un detectable odio a una fe que les ofrece paz; pero que irracionalmente odian. No es difícil adivinar que quienes aborrecen principios y normas de conducta que fueron la base de una Unión Europea concebida como espacio vital beneficioso para muchos, no sólo no actúan en defensa y procura del bien común europeo, sino en busca de justificación para sus sectarismos. Se les llena la boca de palabras como libertad y justicia, pero ni quieren libertad para los demás, cuando no están de acuerdo con sus postulados políticos o religiosos, ni valoran de verdad la justicia, porque actúan injustamente contra quienes opinan de modo diferente al suyo. En su Carta Encíclica Spes Salvi, sobre la esperanza, Benedicto XVI nos recuerda que un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza y que nada ni nadie "garantiza que el cinismo del Poder -bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que presente- no siga mangoneando el mundo", si se prescinde de la fe en Dios y se combate a quienes, en uso legítimo de su libertad propia de su dignidad humana, quieren vivir de acuerdo con esa fe.
"Europa, sé tú misma, vuelve a tus raíces": la propuesta esperanzada de Juan Pablo II resuena nuevamente en nuestros oídos ante el anuncio de la venida de Benedicto XVI.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
Mensaje a los cabestros: "Así, no"
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