Martes 17.06.2008
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Aprovechando que el Barça es más que un club, la clase dirigente catalana debería tomar ejemplo de lo que hace en el campo el equipo que maravilla a todos con su juego. Su brillante palmarés no se debe a gozar de un estatus especial que garantice su ventaja sobre los rivales, ni a cuestionar por sistema las decisiones arbitrales, ni a decir tras cada derrota que los blaugranas son víctimas de la envidia hispana.
Si hay hoy un catalán admirable es Pep Guardiola. Respetuoso con el contrincante, modesto en sus victorias, nada rencoroso en sus derrotas, alejado siempre de cualquier tentación de mezclar lo deportivo con otras cosas. Bastaría con que el estilo Guardiola saliera del Camp Nou y se extendiera a la política catalana para que todo fuera mejor dentro de Cataluña y en las relaciones de lo catalán y lo español.
Pero no es así. Desde hace algún tiempo esa política no mira al Barça sino hacia esos países en decadencia donde el nacionalismo no sirve para abrirse al mundo, sino para cerrarse en manías, complejos y discursos paranoicos en los que se retrata a la comunidad como un fuerte sitiado por sioux, cheyenes y comanches.
Es una pena que ese síndrome numantino haya contagiado a esos medios de comunicación que ayer publicaban un asombroso editorial conjunto bajo el pomposo título de La dignidad de Catalunya. No hay duda de que el pueblo catalán tiene su dignidad, como todos, y que es preciso defenderla cuando está mancillada.
¿Lo está? Los autores del texto dicen que esa dignidad será pisoteada si el Tribunal Constitucional no aprueba sin más el Estatuto. Eso es tanto como decir que la dignidad futbolística del Barça sería escarnecida el próximo domingo, si el árbitro no deja de serlo y se pone una camiseta con los colores azulgranas. El colmo.
Los tribunales constitucionales que hay en el mundo, en el primero y en el segundo al menos, no se limitan a rubricar las leyes, sino a dictaminar si encajan o no con la Carta Magna respectiva. Por eso los gobiernos dictatoriales prescinden de esa figura o la reducen a estudiado simulacro, como dice la canción. Al parecer, un simulacro es lo que quiere la clase dirigente catalana, en relación con la esperada sentencia del Estatuto. Si es favorable, bien; si es adversa, el TC quedará deslegitimado. ¿Dónde ha quedado el famoso seny?
Pero el editorial va más allá. Avisa a España, lamenta la desconfianza que los españoles sienten hacia las reivindicaciones catalanas, y se revuelve contra el españolismo oficial. Lo de siempre. Lo que no sea decirle a todo que sí al catalanismo oficial es agravio, imposición, menosprecio. El establishment juega constantemente con el temor que todavía sienten algunos españoles (y gallegos) ante la acusación de catalanofobia. ¿No es algo muy gastado?
Esa dignidad a la que se alude tendrá que ver con la honestidad de la gestión, con la existencia de tramas corruptas en ciertas instituciones políticas o culturales, pero no con la sentencia de un órgano del Estado cuyo cometido es velar por la constitucionalidad de una ley como el Estatuto, que no sólo afecta a Cataluña, sino de rebote al conjunto de la España autonómica.
Al margen de los despropósitos extradeportivos de Laporta, el Barça de hoy es admirable porque gana sin intimidar a los árbitros, sin victimismos y sin invocar una falsa dignidad. Gana por sus méritos. La Cataluña política usa banderas antiguas, propias del Tercer Mundo.

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