Martes 17.06.2008
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Era de esperar que Francisco Vázquez iba a decir lo que dijo. Hace tiempo que el ex alcalde se ha hecho previsible y su discurso ideológico es lo suficientemente claro y contundente como para no esperar sorpresas que no sean las de, a veces, pasar por la derecha a quienes son de la derecha militante, pero capaces de percibir otras miradas que van más allá de una arquitectura perfecta en la que todo case desde principio a fin.
El embajador de España en el Estado de la Ciudad del Vaticano interpreta el mundo (ver EL CORREO del 6 de diciembre, páginas 8 y 9), desde el ámbito local hasta el todo planetario, con arreglo a una cartografía en la que cada cosa esté en su sitio y existan unas leyes deterministas, por tanto inmutables en su esencia y siempre dispuestas a poner a prueba los avances científicos de las matemáticas, de la física (y de la química) y, mucho más todavía, de los correspondientes a la biología. Como dijo aquel obispo ultra y paleolítico: Esa maldita biología está revelándose contra Dios mismo.
Eso supone un orden y la existencia de unas jerarquías, y Vázquez se aferra a ellas porque son su ideología _en la que la religión católica juega un papel trascendental_, para no perderse en un mundo en el que hay más superficie acuosa que tierra en la que sentirse seguro, donde las pisadas dejen esas huellas indelebles que el mar nunca acepta, pues con su flujo constante las borra. Duran poco las estelas en la mar, por más que la portentosa imaginación del poeta sea capaz de percibirlas en su largo peregrinaje a la búsqueda de los más íntimos sentimientos humanos.
En el año 1014, el arzobispo Wulfstan dijo en un sermón pronunciado en York (Inglaterra): "El mundo tiene prisa y se acerca a su fin". Esa cita la recoge Anthony Giddens, padre intelectual de la tercera vía aplicada en el Reino Unido por Tony Blair, en la introducción a un ensayo suyo, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas (1999), en el que el ex director de la London School of Economics aporta un interesante análisis sobre los riesgos de la modernidad, singularmente tres: "el riesgo ecológico mundial, la proliferación nuclear o el colapso de la economía mundial".
Giddens abunda en el sentido de definir la tradición, según dos de sus características principales, "el ritual y la repetición", y señala que "lo distintivo de la tradición es que define una especie de verdad. Para alguien que cumple una práctica tradicional no hay que hacer preguntas sobre posibles alternativas. Por mucho que cambie, una tradición ofrece un marco para la acción que permanece prácticamente incuestionable". Añade el sociólogo que "las tradiciones tienen guardianes", entre los que sitúa a sacerdotes y eruditos, y matiza, "guardian no es igual a experto".
Pues bien, es en la tradición del nacionalismo español, donde Francisco Vázquez lleva muchos años asentado y a gusto consigo mismo. Más que como socialdemócrata, su praxis política está explícitamente más cómoda en el pensamiento democristiano. Su visión de Estado es jacobina antes que federal, y se aprecia en su posición sobre el idioma gallego y la reforma del Estatuto. Antes con Fraga y ahora con Feijóo, el embajador siente empatía. Por tradición y no por coherencia sigue militando en el Partido Socialista, y eso puede que le permita ser Defensor del Pueblo con el apoyo entusiasta del PP.

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